CRÍTICA: “El Cuento de la Princesa Kaguya” (2013) de Isao Takahata, el último grito de la animación tradicional

Basada en un cuento popular japonés anónimo del siglo IX, “El cortador de bambú”. La historia comienza cuando una pareja de ancianos campesinos encuentra a una niña diminuta dentro de una planta de bambú, y deciden adoptarla como si fuera su hija. Pasan los años, y rápidamente se convierte en una hermosa mujer pretendida por muchos hombres poderosos.

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Isao Takahata, uno de los fundadores de Ghibli y gran maestro de la animación japonesa, muere el 5 de abril de este año. Su legado es innegable cuando se trata de retratar temas agudos, muchas veces adultos, a través de una animación realizada a mano, cuadro a cuadro, con una belleza y expresividad inolvidable y conmovedora. Creador de grandes películas como ‘Omoide Poro Poro’  (‘Only Yesterday’) y la maravillosa e inmortal Hotaru no haka’ (‘La tumba de las luciérnagas’), ‘Kaguya-hime no monogatari’ (título en español, estrenada en Japón en el año 2013) es el último film de un director que vivió la transición hacia la animación digital y que vio cómo su técnica desaparecía ante las innovaciones tecnológicas. ‘El cuento de la princesa Kaguya’ es una obra maestra hermosa y desgarradora, que se alza como un último grito de la animación tradicional, posicionado a una poderosa mujer al centro de un relato profundo, mitológico y absolutamente actual.

‘El cuento de la princesa Kaguya’ está basado en el cuento tradicional japonés “El cuento del cortador de bambú”, el cual narra la historia de Okina, un cortador de bambú que descubre a una pequeña niña dentro de un resplandeciente tallo de bambú. Creyendo que es una divinidad, Okina decide criar a la pequeña junto a su esposa Ona, llamándola Hime (princesa).

Esta película es una de esas obras maestras que ya no se ven. Con un guión redondo y certero y con una técnica de animación tradicional que se agradece luego de tanto 3D, el film logra tocar la fibra sensible gracias a una historia sencilla pero con un mensaje potente. Hime (a quien luego nombran Kaguya-hime) es feliz viviendo en el bosque, rodeada de la naturaleza y sus humildes amigos. Sin embargo, su padre decide llevarla a la capital pensando que la joven debe vivir y comportarse como princesa. Sin importarle su opinión, Hime se verá arrastrada a un mundo de protocolos y machismo, lejos de los intensos sentimientos que le proporcionó el bosque en su infancia.

La animación es simplemente hermosa. Cambiante, siempre está al servicio del estado de ánimo de la protagonista. El tremendo trabajo que hay detrás de cada cuadro queda de manifiesto en un largometraje sensible, perfecto, armonioso en su totalidad. Y, por sobre todo, repleto de melancolía.

– En la pureza de la ciudad de la luna dejarás atrás este mundo de penurias y suciedad.

– ¡No es sucio! ¡Hay alegrías, hay penas, todo el que vive aquí los siente en todas sus formas! Hay aves, bichos, bestias, pastos, árboles, flores y sentimientos.

Con diálogos como este, Takahata se sumerge en una desolación que invita a la reflexión al espectador, cuestionando siempre el futuro a través del disfrute de quién somos en la actualidad, sin mirar el pasado lleno de arrepentimientos. En el relato, Hime se da cuenta tarde de que hubiera sido feliz en el bosque, que quizás habría llegado a amar y ser amada si se hubiera quedado al lado de su amigo de la infancia, si hubiera saltado del carruaje que la transportaba cuando se topó con él en la capital, en vez de esconderse detrás de la cortina.

¿Estamos destinados a ser alguien desde el nacimiento? El bello film de Takahata nos demuestra que el individuo se forja gracias a su entorno y sus propias vivencias. Que aunque la vida tenga dolor, si se colocan en la balanza son mucho mayores los momentos buenos que los malos. Hay bondad en lo que nos rodea, hay belleza en el pájaro que canta en las mañanas, en las hojas de los árboles mecidas por el viento. Y eso bien lo sabe Hime, quien ríe y se maravilla ante la brisa, los animales y el sonido. De hecho, son estas pequeñas cosas las que la hacen crecer con más rapidez que un niño normal. Ella crece al ritmo del bambú.

‘El cuento de la princesa Kaguya’ es un testamento de vida, de felicidad y de profundo amor por el arte de narrar los pequeños momentos de lo cotidiano. Es la última obra de un autor japonés que supo conquistar con su sencillez tanto a grandes como a pequeños, y que dejó un pedazo de sí en cada uno de los protagonistas que nacieron bajo su mano. Isao Takahata es uno de los grandes de la animación mundial y su legado se traduce en obras inmortales, que conmueven y maravillan sin importar el paso del tiempo. ‘El cuento de la princesa Kaguya’, así como toda su filmografía, es un imperdible que siempre hay que revisitar y disfrutar con la inocencia y energía de la niñez y con la reflexión y amor de la adultez. Quizás el director se haya ido este año, pero su genio y arte viven en Hime, Miki o Seita. El mundo de Isao Takahata es tan melancólico y mágico como la vida misma.

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10-stars
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Ficha Técnica:
Japón, 2013, 137 min.
Título Original:  “Kaguya-hime no Monogatari”.
Director: Isao Takahata.
Guion: Isao Takahata y Riko Sakaguchi.


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