ZOOM IN: La poesía de David Lowery

Cuando David Lowery filma en primera persona, transmite un estado de ánimo, un sentimiento, ahonda en temas. Sus filmes tienen una cadencia, un espíritu, una textura, un tono. Su cine existe para ser experimentado sensorialmente.

Cuando David Lowery filma en primera persona, toma el concepto de hogar y lo extiende a tal punto que lo vuelve inasible, poético, universal. Desde su primer largometraje, ‘St. Nick’ (2009), explora los contornos del sentido de pertenencia y nos invita a seguir a una pareja de niños que intentan convertir una casa deshabitada en propia. Es la casi silente historia de dos hermanos que siguen el llamado del exterior como metáfora de un mundo que cobra sentido y se construye con lo que el camino ofrece a quien sale a buscar.

“St. Nick” (2009)

Continúa con ‘Ain’t Them Bodies Saints’ (2013), cinta que narra el intento de un forajido de volver a casa y reencontrarse con su esposa y la hija que nació mientras él estaba en prisión. En manos de Lowery, esta suerte de western moderno deriva en una historia de amor interrumpido por la ilegalidad, donde marido y mujer conectan a través de la tinta de cartas censuradas, suspiros pastoriles y ecos de un pasado en que el sentimiento es más fuerte que la sensación de peligro. Como una melancólica canción folk cantada en medio de un paraje solitario, ‘Ain’t Them Bodies Saints’, trata sobre una pareja que se aferra a lo que tienen en común como si el espacio existente entre dos personas fuese lo único sagrado en un universo corrompido por la ley del más fuerte. Casey Affleck y Rooney Mara a punta de pequeños gestos y sutilezas encarnan la condena de estar separados y la lucha entre el deseo y lo racional.

Manteniendo esa simbología, ambos actores protagonizan también el último filme de Lowery: ‘A Ghost Story’ (2017), la historia de una casa y el fantasma que la acecha o, si se quiere, la historia de un hombre atrapado en su afán de permanecer después de muerto en el lugar donde fue feliz.

“A Ghost Story” (2017)

‘A Ghost Story’ es una película pequeña, de bajísimo presupuesto, hecha entre amigos que pasaron juntos unas semanas del verano del 2016 en Texas, pero los alcances de sus 92 minutos de duración son tan trascendentes e infinitos que solamente el concepto de hogar que representa va desde el sonido de un auricular hasta un piano abandonado, desde una cama compartida hasta una casa en vías de demolición, del mundo al cosmos.

‘A Ghost Story’ tiene su código abierto y se puede leer como un cuento sobre un espíritu que se rebela ante el olvido y el poder corrosivo del progreso. Se puede escuchar como una cinta de pocas palabras y un perfecto score compuesto por diferentes y estilizadas versiones (de ciertas partes) de una misma canción. Se puede ver como una película sobre el miedo a desaparecer sin dejar huella. Se puede seguir como la narración de una tristeza desparramada en un pastel y una oda al intento de descifrar el sentido de la vida. Se puede dilucidar como un retrato de cuán difícil es irse y cuán doloroso es permanecer. Se puede oír más de una vez como una canción repleta de angustia existencial y melodía. Se puede sentir como un poema filmado acerca de la pérdida y el paso del tiempo.

No se puede dejar pasar.


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