ZOOM IN: “Una” (2016), Benedict Andrews debuta en grande

La adaptación cinematográfica de “Blackbird”, la mundialmente aclamada obra teatral sobre una mujer que encuentra al hombre que abusó de ella cuando tenía trece años, tiene nombre femenino, indefinido y singular. Se llama ‘Una’ como su protagonista y está escrita por el mismo autor de la pieza original, David Harrower, quien, muy bien acompañado por el prestigioso director teatral (dramaturgo y poeta) australiano Benedict Andrews, debuta en la pantalla grande extendiendo los límites del escenario hacia al pasado por medio de flashback y entendiendo el encuadre cinematográfico como el espacio de la memoria.

En su versión, el reencuentro entre Una (Rooney Mara) y Ray (Ben Mendelsohn) no sólo es un acto de fricción por tratarse de un diálogo tenso entre víctima y victimario, sino también por tratarse de la confrontación de dos realidades construidas a partir de un pasado traumático en común. De ahí que Una vaya a enfrentar a Ray a su lugar de trabajo y que este sea una fábrica repleta de compartimentos, cajas, casilleros y desechos que los hacen ver a ambos como pequeños actantes de una maquinaria mayor e impersonal. Una y Ray se mueven en las luces y sombras de esos pasillos al mismo tiempo que recuerdan los momentos más significativos de su relación, como transitando física y metafóricamente entre lo narrable y lo indecible, lo cierto y lo creado, lo permitido y lo inmoral. Una ingresa a esta fábrica como un ser indefinido inserto en un entorno predominantemente masculino, entra como una pieza fantasmagórica suelta en este engranaje de producción que ha acogido a Ray dentro de su sistema. Él ha podido seguir adelante, ha cambiado su nombre, ha rehecho su vida. Ella, no.

Una, interpretada magistralmente por Rooney Mara (‘The Girl with the Dragon Tattoo’, ‘Carol’), en cuestión de segundos es varias mujeres a la vez: la enamorada, la traumada, la despechada, la desesperada, la racional y por su rostro pasan un sin fin de sentimientos pero nunca sale de su condición de víctima. La película, la vida, el sistema no le da a Una la oportunidad de comenzar de cero; el encarar a su abusador sólo le permite mostrar diferentes ángulos de un mismo daño. Su tiempo se detuvo cuando tenía trece años. Su crecimiento se paralizó en las promesas incumplidas que le hizo Ray el día que escaparon juntos.

La cinta se mueve en la zona gris de una relación que va más allá de la dinámica abusador-abusado y plantea matices donde “inocente” y “culpable” son palabras estigmatizadoras, incapaces de sopesar lo ocurrido, de la misma manera que una herida es sólo una expresión gráfica de un accidente mayor.

Valiente y seguro en la dirección, Benedict Andrews permite que sus actores se luzcan al exponer una verdad cruda que lanza incómodas interrogantes al espectador sin ofrecer respuestas que hagan más confortable el visionado. La fotografía a cargo de Thimios Bakatakis (‘Kynodontas’, ‘The Lobster’) opta por cristales reflectantes, escondites claroscuros, luminarias simétricas que sitúa a los protagonistas en una especie de limbo físico y mental. El diseño y los decorados son funcionales y los elementos reiterativos para transmitir claustrofobia y circularidad. Los objetos no ocultan su naturaleza artificial para darle al espectador siempre la sensación de que lo que mira es una reconstrucción mental de los hechos en la que unos elementos tienen mayor significación que otros: un mundo en el que el tono de los acontecimientos está dado por quien recuerda y no corresponde necesariamente a la realidad.

De esa manera, Benedict Andrews permite que la ambigüedad se apodere de la película y es esa convicción la que hace que ‘Una’ sea un debut cinematográfico potente y promisorio. No hay en su mano juicios morales de ningún tipo; lo suyo es lanzar ideas, ahondar en las contradicciones de sus personajes y proponerle al espectador pensar. Entendiendo que la sutileza del primer plano es parte de la fortaleza del cine como medio, convierte una intensa pieza teatral de lenguaje fracturado en un largometraje en el que las miradas son las que cuentan, en el que lo no dicho es trascendental. Lo que en un escenario se proyecta hacia el público aquí es susurrado por actuaciones que saben reflejar corporalmente una profunda mezcla de amor, dolor y confusión emocional.

El controvertido director australiano (famoso por versionar radicalmente clásicos teatrales de Williams y Chéjov) no está interesado en el cine como placebo, sino como una herida abierta que se expone al espectador. No en vano, el primer símbolo utilizado en la cinta es el poder curativo del agua, la protagonista duchándose, intentando borrar las huellas que una mecánica noche de sexo casual dejó, para luego maquillarse las ojeras, ponerse un vestido estilo Alicia de Lewis Carroll, acudir al encuentro de Ray e ingresar en su  laberinto psíquico.

La metáfora que reside en la vestimenta/desnudez de ‘Una’ durante el film es tan simple como desgarradora. La genuina interpretación de Rooney Mara y un guión que sabe cuando callar, permiten que vestida sea una voluntariosa mujer en busca de respuestas y desnuda sea una mujer presa del abandono, el desasosiego y  el sinsentido. Como si para ella el ser adulto y continuar viviendo fuese un rol, y el mundo sin Ray, un escenario constante.

Ben Mendelsohn (‘Animal Kingdom’, ‘Rogue One’), igual de talentoso en demostrar la tridimensional del supuesto villano, logra insertar la interrogante en la naturaleza de la relación: ¿fue amor o fue abuso? Probablemente ambos, puesto que el respeto que el guionista y cada uno de los creativos involucrados tiene por los protagonistas es tan grande que nadie toma partido, y el mundo interno de ambos es expuesto con el mismo nivel de convicción y objetividad. Esa aproximación desprejuiciada a un tema tan complejo convierten el visionado de ‘Una’ en una experiencia imprescindible.

Sus concisos 94 minutos de duración pueden dejar a algunos espectadores con gusto a poco y la claridad/economía de sus elecciones creativas pueden confundirse con falta de desarrollo o ambición, pero en realidad esta es una película ambiciosa, que aspira a perdurar en la mente de quien mira una vez que han terminado los créditos finales. Su objetivo es insertar al espectador en este laberinto de dualidades para generar discusión e inquietud, ofrecer dos verdades y permitirle elegir qué creer. Parece simple, pero no lo es.


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