ZOOM IN: Jonathan Glazer bajo la piel

Prestigioso director publicitario y de videoclips, Jonathan Glazer es del tipo de realizador que salta a la pantalla grande solamente cuando encuentra una historia que siente que sólo su lente puede transmitir. Debutó con ‘Sexy Beast’ (2000), aquel relato acerca de un gángster inglés aburguesado que tras años de retiro y buena vida en las costas españolas es llamado a reincidir contra su voluntad. Ubicado en un punto entre el noir y la sátira, el film destaca ante todo por el uso estético de las formas. Las caras, el agua, los cuerpos, la sangre… desfilan ante el que mira de un modo que sabe ser insólitamente grotesco y sugerente. En ‘Sexy Beast’, Jonathan Glazer trata al espectador como un consumidor y se encarga de instalar sensorialmente el producto en su mente. Sin embargo, en ‘Birth’ (2004) y en ‘Under the Skin’ (2013), sus excelentes siguientes filmes  ya no hay rastro de aquella escuela mercantil,  ambos son fruto de un cineasta que cree en el poder del encuadre y en la duración del plano como sinónimo de profundidad.

‘Birth’ es una obra oscura, inquietante y arriesgada, protagonizada brillantemente por Nicole Kidman, en una opción de casting que es de las tantas conexiones que Glazer hace con Stanley Kubrick, como diseñar lujosas casas con objetos simétricos, y entender sus pulcros pasillos como laberintos del suspenso y la inquietud. ‘Birth’ es, al igual que ‘Eyes Wide Shut’ (1999) del legendario cineasta, una película sobre el matrimonio y sus máscaras, aunque lo es de una manera única: cuenta como Ana (Nicole Kidman), tras diez años de viudez y al borde de rehacer su vida con otro hombre, se enfrenta a la supuesta reencarnación de su ex marido en el cuerpo de un niño de diez años. Perturbadora como suena, la premisa no es más que un punto de partida para que Glazer y compañía se lancen a definir algo mucho más profundo y cautivador: el espíritu humano. Signifique lo que signifique.

Ben Kingsley en “Sexy Beast” (2000)

‘Birth’, literalmente, se inicia con un nacimiento y una muerte y es en esa exhalación final que se funde con el primer respiro el lugar donde el director enmarca la vida y la define como algo inasible. Como algo que se mueve, se oculta o transmuta pese a los intentos del lente por capturarla. Pero ojo, no es que ‘Birth’ tenga pretensiones new age o ideas metafísicas recalentadas para la ocasión. No. Es la cámara cruda e incisiva de Glazer que se pasa de filmar la reencarnación del marido de Ana, a capturar el renacimiento de la ilusión-duda en los ojos de ella y a retratar la paulatina desesperación de su actual novio. En otras palabras, a punta de una enorme cantidad de close-ups, el realizador se concentra en la superficie para hablar lo que ocurre en el fondo. Referentes cinematográficos más, símbolos embrionarios menos, la obsesión del director con  las formas y los cuerpos entendidos como cáscaras contenedoras de una fuerza interior es clara y fascinante.

Tal como el protagonista de ‘Sexy Beast’ que se especializa en desvalijar bóvedas bajo el agua sin dejar rastro, Glazer se sumerge y le ofrece al espectador una sútil panorámica de la complejidad interna de cada uno de sus personajes. ‘Birth’ no es una película acerca de la vida después de la muerte sino una brillante alegoría sobre la identidad y sus cuestionamientos. ¿Qué convierte a una persona en persona? ¿Su cuerpo? ¿Su memoria? ¿Sus sentimientos?

Nicole Kidman en “Birth” (2008)

La misma pregunta se extiende a la imprescindible ‘Under the Skin’, que narra la conversión estética de alien a humana de Scarlett Johansson, cuyo personaje establece con sus víctimas masculinas una dinámica cazador/cazado hipnótica y sugerente. Luego de seducirlos con su cuerpo perfecto, los lleva en su camioneta a un espacio negro que los desintegra y separa de su piel. Así, una serie de hombres despojados de su corporeidad a manos de una femme fatale impertérrita y funcional es la premisa usada por Glazer para preguntarse acerca del poder de la imagen tanto a nivel visual como metafórico. Fondos negros y blancos enmarcan la cinta para marcar el nacimiento y la muerte, el principio y el final de una narración y de una vida. Los continuos primeros planos del rostro de la protagonista, y particularmente de sus ojos, invierten el cliché de estos como reflejo del alma volviéndose símbolos de vacío y desconexión.

La metáfora del ojo que mira y es mirado obsesiona a Glazer tanto en la dinámica víctima y victimario como en la de un cineasta, su obra y el espectador. La mirada es el principio de conexión entre dos personas, pero antes, entre esa persona y el mundo, de tal manera que la idea de la seducción como destrucción que desarrolla la trama a través de su protagonista femenina va de lo figurativo a lo abstracto, no sólo en la mente del espectador sino también desde el momento que Glazer decide adaptar la novela homónima de Michel Faber, reduciendo las palabras a lo mínimo y creando con ellas una suma de imágenes, una figura, una nueva piel.  En dicho proceso figurativo-abstracto-figurativo participan en igual importancia la actriz Scarlett Johansson, los no actores que fueron registrados en las calles de Escocia en el rol de potenciales víctimas, el equipo cinematográfico y el extraordinario score a cargo de la talentosisima músico Mica Levi.

Ahora la pregunta que lanza Glazer es la siguiente: ¿Qué hay bajo esa nueva piel?

Scarlett Johansson en “Under the Skin” (2013)

Desdeñando la vieja y manoseada idea de que el contenido moldea la forma, el realizador abraza la idea contraria y perfila a una protagonista que comienza a comportarse como humana justamente porque luce como tal, como si el parecer mujer fuese una invitación irresistible a serlo. Icónico, en ese sentido, es el momento en que ella comienza a sentirse vulnerable y recibe una rosa con espinas manchada con sangre ajena, sangre del vendedor de flores. La anterior depredadora pasa a ser víctima de la objetivación de género, puesto que la iconografía del romance, la seducción, el sexo, están ahí sin guión previo para evidenciar la tragedia irreversible de verse como una mujer sin jamás poder llegar a ser una de ellas realmente ni cumplir su función social-cultural.

Una alien presa de su  nueva corporeidad a manos de instintivos acechadores masculinos es la premisa usada por Glazer para preguntarse acerca del poder de la imagen femenina tanto a nivel visual como metafórico. Al empezar a ser tratada como una mujer, la protagonista pasa a ser un objeto funcional en un entorno predominantemente masculino que espera de ella un comportamiento predeterminado. Empieza a cumplir una nueva condena, una inherente a todo tipo de nacimiento, una tragedia que subyace bajo todo tipo de piel.

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