CRÍTICA: “Homeland (Iraq Year Zero)” (2015) de Abbas Fahdel; política, cruda e imprescindible

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Abbas Fahdel aborda la vida en Irak antes y después de la ocupación post 11-S, mediante registros de los habitantes (la mayoría miembros de su familia) de un país que sufre las consecuencias de la guerra. El director iraquí filma con su cámara a su familia durante 17 meses en una película dividida en dos partes, antes y después del ataque, en la que se nos muestra cada uno de los episodios de una vida cotidiana necesariamente interrumpida por el horror de la guerra de Iraq.

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Prácticamente desde la creación del cinematógrafo, no ha habido un solo día en el cuál la inevitable pregunta no haya rondado los márgenes del séptimo arte: ¿Cuál es el sentido del cine? El mismo Eisenstein llamó de esta manera a su primer libro, buscando esbozar una respuesta al respecto. Desde entonces, el cine ha sido objeto de estudio de la más diversa gama de ciencias sociales o, podríamos decir, de la mayoría de las vertientes formales de pensamiento que tienen como interés principal la observación del hombre  en el mundo: filosofía, antropología, sociología. Pero además de la búsqueda de la respuesta teórica, el sentido del cine ha encontrado sus interpretaciones simbólicas en el seno de expresiones artísticas como la literatura e incluso, por qué no, el mismo cine. En este sentido, ‘Homeland’, la última película del realizador iraquí Abbas Fahdel, representa una idea superadora de lo que el cine es o debería ser.

Al cumplir dieciocho años, Fahdel decide dejar su Iraq natal para mudarse a Francia, en donde estudiará cine en la prestigiosa universidad de La Sorbona, en Paris. Años más tarde, en 2002, vuelve a Iraq con el propósito de filmar, según sus propias palabras: “que ha sido de sus amigos de la infancia y de su familia; y en que se han convertido”, lo cual es también una manera de cuestionarse que hubiera sido de él mismo, si no hubiese elegido hacer su vida en un país diferente. El producto entre esta inquietud y la terrible situación del país como fondo, acaba siendo su primer documental ‘Back to Babylon’ (2002), que sería transmitido más adelante aquel mismo año en la televisión francesa. Un artículo de la prensa respecto a esta primera película, termina con la siguiente pregunta: “Además de observar un país olvidado, ahorcado por el embargo, la televisión sostiene un extraño espejo frente a nosotros, haciéndonos una perturbadora  pregunta: ¿Seremos los últimos en ver a estas personas con vida?”.

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Tan contundente sentencia, moviliza profundamente a Fahdel, quien concibe por primera vez la posibilidad de que sus amigos y su familia no sobrevivan la guerra y decide volver a Iraq de inmediato para seguir filmándolos, persiguiendo la supersticiosa esperanza de que, quizá su cámara —para él una expresión de vida—, pudiera salvarlos de las atrocidades de la guerra. Entonces nace ‘Homeland’: el testimonio invaluable del movimiento social, político e individual de Iraq, previo a la invasión norteamericana y luego de ella. En estas dos grandes secciones se divide la película: mientras que la invasión en sí misma permanece en el fuera de campo, dos grandes mitades, de dos horas y medias aproximadamente cada una, se ocuparán del antes y el después respectivamente.

La estructura de la película es modular y va de menor a mayor, de modo que Fahdel comenzará con el orden familiar, en donde entraremos a la casa de su hermana y tendremos un largo rato para conocer las disposiciones familiares, con sus mandatos, sus roles, vínculos y responsabilidades. No obstante, pronto descubriremos que la organización de la familia ha sido alterada ante la incómoda certeza de la invasión inminente. Por ejemplo,  ni bien empieza la cinta, en el jardín de la casa (lugar donde transcurrirán muchos minutos del film), se está instalando un pozo de agua para abastecer a la casa, cuando el suministro público se corte.

En esta primera parte conoceremos al sobrino del director, Haidar, de 12 años. Él, la figura más entrañable de todo el metraje, será el centro ético, moral y hasta político de toda la película. Haidar aparecerá en todo momento dispuesto a hablar con su tío y, por consiguiente, con la cámara, opinando, explicando, cuestionando, enojándose y riendo. El niño será, sin lugar a dudas, uno de los rincones de refugio de la vida, dentro del caótico y hostil panorama del país.

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Después de abarcar, entonces, lo familiar, la cámara de Fahdel saldrá a recorrer las calles de Babylon y de Bagdad, entregando al espectador el reflejo más sincero del mapa social existente previo a la invasión. Encontraremos vendedores ambulantes, profesores forzados a trabajar en oficios sencillos para alimentar a sus familias, artistas, vecinos. Todos tendrán un lugar en el film del iraquí, quien entrega en esa primera mitad, una pintura viva, imborrable, de todos los estratos sociales sobre los cuales el país existía, mostrando al mundo con absoluta precisión y austeridad qué y cómo era Iraq.  Algo que, hasta entonces, nadie jamás había mostrado.

En la segunda mitad de la película, luego de la paciente introducción a la vida en Iraq y los preparativos para la invasión, seremos golpeados por la crudeza de las imágenes. Ya es abril del 2003 y los soldados norteamericanos están por todos lados. Por las avenidas veremos pasar los tanques. Cinco, diez, quince, veinte. Transitan en grandes filas y con desvergonzada autoridad las calles de un país que no les pertenece, produciendo congestionamiento de tráfico e inseguridad. De repente serán necesarios permisos para acceder a algunos lugares o para moverse por la ciudad. La lealtad de la cámara de Fahdel nos mostrará todo lo que él vea.

El Iraq del caos es el de la segunda parte. Además de los soldados, la sombra de los saqueadores pro Hussein acechará la seguridad de la gente. Ellos serán los que incendien el patrimonio público para que la supuesta democracia que la invasión pretende acarrear, fracase. Con ellos, llegarán los saqueadores espontáneos, forzados a robar para alimentar a sus familias ante la creciente desocupación y desaparición de puestos de trabajo. Al quedar el país totalmente huérfano de sistema legal con la cúpula de gobierno desarticulada, no hay policía ni ningún otro tipo de autoridad civil más que los soldados norteamericanos, quienes tienen la potestad de sentenciar in situ y condenar a gente cuyo lenguaje no entienden y con la cual no pueden comunicarse. Abandonar la casa se vuelve una actividad de alto riesgo para Fahdel y su familia.

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La película es extremadamente política, en el sentido más cabal del concepto. El director no toma partido ni ejerce juicios de valor explícitos sobre lo que vemos, pero sí establece una crítica subyacente, especialmente a través del montaje de las secuencias. Sólo entendemos la realidad a través de quienes recorren la pantalla y las opiniones que ellos esbozan. Seremos testigos de la propaganda del régimen de Hussein y el inherente silencio que hay a su alrededor. Su cuñado dice, en un momento del metraje: “el pueblo iraquí ha sido esquizofrénico por treinta años, diciendo una cosa delante de Saddam, y otra a sus espaldas”. Esto no significa que el film esgrima defensa alguna respecto a la invasión. La crítica, en cambio, persiste cuando un régimen es reemplazado por el otro.

‘Homeland’ es mucho más que cine. Más bien, es una delicada pieza de arte, atravesada de principio a fin por su realizador, no sólo por estar cámara en mano en el centro del escenario, sino por estar involucrado formal y emocionalmente con la acción: esa que retrata es su vida y la de su gente, su mundo. Es una película imprescindible, real y cruda; reveladora en el sentido en que el espectador difícilmente sea el mismo una vez caído el velo del estereotipo y la desinformación; estremecedora respecto a la atroz circunstancia de su realidad.

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Ficha Técnica:
Iraq, 2015, 335 min.
Título Original: “Homeland (Iraq Year Zero)”.
Director: Abbas Fahdel.
Fotografía: Abbas Fahdel.

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