ZOOM IN: Charlie McDowell y el extrañamiento

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Cuando Charlie McDowell y su habitual co-guionista Jason Lader tuvieron la idea de hacer una película sobre la vida después de la muerte, escribieron, a lo Aaron Sorkin, cerca de diez páginas de diálogo entre el científico que descubrió la afterlife y una periodista que lo cuestiona por la ola de suicidios que dicho hallazgo ha desatado como promesa de un volver a empezar. Esa primera escena se la pasaron a la, entonces novia de McDowell, Rooney Mara y con la actriz a bordo comenzaron a planear el viaje de lo que hoy se llama ‘The Discovery’, película original de Netflix disponible para sus suscriptores a nivel mundial.

No es la primera vez que Charlie McDowell (hijo de Malcolm y la actriz Mary Steenburgen) elabora una idea en torno a alguien o algo. Su debut, ‘The One I Love’ (2014), nació de una colaboración con el actor y productor Mark Duplass y el deseo o necesidad de restringir el devenir de sus personajes a una locación determinada. ¿El resultado? Una bien filmada, aunque a menudo ingeniosamente forzada, mezcla de comedia romántica con ciencia ficción que invita a reflexionar acerca del juego de roles que supone establecer una vida en pareja duradera y plena.

La premisa de ‘The Discovery’ es igual de ambiciosa y gira básicamente en torno a una interrogante: ¿Cómo reaccionaría la gente si existiera la prueba de que morir implica tener una nueva vida? Más interesado en la escala individual de la respuesta que en la global, religiosa y moral, los realizadores literalmente se aíslan en un Rhode Island fotografiado con maestría por Sturla Brandth Grøvlen, y en habitaciones azul grisáceas decoradas simétricamente y nos presentan personajes que se conocen en ferrys vacíos, miran de reojo el contador de suicidios de la pared y pululan en calles silenciosas y tristes. Son saldos disgregados de una tragedia colectiva que ocurre fuera de campo. Habitantes de una gris playa en permanente off season.

Rooney Mara y Jason Seguel , "The Discovery" (2017)

Rooney Mara y Jason Segel , “The Discovery” (2017)

El espectador se introduce en la micro historia del hallazgo por medio de los ojos de Will (Jason Segel) cuando regresa a la casa de su padre, Thomas Harber (Robert Redford), el genio descubridor de la vida después de la muerte, con el afán de poner límites a las desoladoras consecuencias que han tenido sus avances. En el trayecto, Will conocerá a una particular chica llamada Isla (Rooney Mara) y a partir de allí el cineasta McDowell hará suya una frase decisiva de su científico protagonista: “Le abrimos la puerta a las personas. Saben que existe. Ahora debemos mostrarles que hay detrás”, ya que su quehacer como realizador consiste en abrirle un portal al espectador e invitarlo hacia un mundo cerrado de personajes que llegaron allí con una mochila cargada de misterios, interrogantes y expectativas que, a medida que el metraje avanza, se dejan caer para que el espectador las tome, las reconozca, las haga suya o las reordene, en el mejor de los casos. O las ignore, prejuzgue o acuse de pretenciosas, en el peor. No hay en ‘The One I Love’ ni en ‘The Discovery’ ninguna intención paternalista o condescendiente de parte de los realizadores hacia quien mira, y esa opción es las dos cosas: elogiable y riesgosa. Riesgosa porque la línea entre no subestimar al público y simplemente soltar una serie de pretenciosas sentencias hípster con las que nadie se identifica es delgadísima y los guionistas por momentos no pueden evitar caer allí; elogiable porque adscriben a la idea de que el espectador es lo inteligente que el material le permite ser.

Durante la mejor escena de ‘The Discovery’, el personaje de Rooney Mara le pregunta a Will qué significa la V que tenía el traje que le pusieron al llegar. El espectador se pregunta lo mismo: ¿Visitor? ¿Viewer? ¿Vector?. ¿Victim? Probablemente todas las respuestas son correctas porque el tema que le obsesiona al creador Charlie McDowell es el extrañamiento. La RAE define extrañamiento como “acción y efecto de extrañar o extrañarse”, y ‘The Discovery’ se hace una película querible cuando habla de individuos que se desconocen a sí mismos, que se vuelven visitas en entornos antes familiares, que creen que están ocupando el lugar de otros, que sienten que están malgastando tiempo y espacio.

Elisabeth Moss y Mark Duplass, "The One I Love" (2014)

Elisabeth Moss y Mark Duplass, “The One I Love” (2014)

Talentoso y refinado el director Charlie McDowell también lleva el extrañamiento al terreno visual, haciendo lucir ajenos lugares comunes como un transbordador, una orilla de playa o una pieza con camarote. Con opciones estilísticas frías que homenajean a Kubrick y a ‘The Master’ (2012) de Paul Thomas Anderson, su lente toma distancia de sus personajes, casi no existen primeros planos en su mirada y la “historia sentimental” entre Isla y Will está narrada mayoritariamente a través de two-shots que ayudan a resaltar sus diferencias, distancias y proximidades a medida que avanza el relato.

Muy (quizás demasiado) inspirada en la pareja protagónica de esa obra maestra llamada ‘Eternal Sunshine of the Spotless Mind’ (2004), Segel y Mara invierten las etiquetas actorales que Hollywood les ha asignado: ella se hace cargo exitosamente del sarcasmo, mientras él carga con la seriedad del asunto, a riesgo de ser tildado de inexpresivo. En una dinámica que homenajea las parejas de procedimentales de ciencia ficción televisivos como ‘Fringe’, la identidad de ambos personajes puede ser resumida en “él es escéptico pero le preocupan las personas” y “ella cree pero no es emocional acerca de nada” y aunque los actores convierten sus diferentes bagajes histriónicos en una cualidad que suma a la sensación de extrañeza ante lo habitual, que el filme quiere transmitir, la trama detectivesca que repentinamente los une como investigadores terrenales en busca de pruebas que confirmen o derroquen una verdad metafísica es la parte más débil del relato y amenaza con dañar unos cautivantes y cercanos a la perfección primeros 45 minutos.

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Es irónico que una película llamada ‘The Discovery’ se extravíe cuando pasa de formular preguntas a encontrar respuestas. Sus personajes, incluyendo un sobresaliente Jesse Plemons como el hermano menor de Will, se desvanecen cuando dejan de ser extraños en el mundo al que el público ha ingresado, y el guión, a razón de clarificar el desenlace, les asigna un rol predeterminado que cumplir, una explicación que dar. Afortunadamente, una vuelta de tuerca y un lúcido plano final recuperan al filme entendido como una historia de amor en tiempos suicidas, más que una suerte de tesis sobre la reencarnación.

Cabe destacar la opción de los realizadores de no cargar su love story de sentimentalismos y subterfugios que fuercen la empatía del espectador. Si ‘The One I Love’ trata del temor a desconocer a la persona que amas, ‘The Discovery’ va sobre enamorarse de aquello que hace a un ser humano único y, extrañamente, indispensable. Si ‘The One I Love’ postula que amar es aceptar al otro, ‘The Discovery’ declara que vivir es aprender a quererse y aceptarse a sí mismo.

‘The Discovery’ es un mosaico de tópicos: amor, descubrimientos científicos, tragedias privadas y públicas, relación padre-hijo creencias y escepticismos, Y dicha mezcla es, extrañamente, su defecto y su virtud. Es un defecto porque al no decidirse por una de esas líneas de acción, es varias películas a la vez, a riesgo de no ser ninguna realmente. Es también una virtud porque al no decidirse por una de esas líneas de acción, es el público quien decide cuál puerta de ese mundo quiere abrir o hacia dónde dirigir su pensamiento.

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Charlie McDowell, miembro de esa generación de cineastas que sabe filmar conceptos ambiciosos con bajo presupuesto, le cuelga a su historia la etiqueta de “novedosa” para decirnos que el concepto de originalidad no existe. No hace ningún esfuerzo por esconder sus referentes, los homenajea orgulloso, desde el casting hasta la cinematografía, porque cree en la repetición de símbolos y en la creación de universos circulares que provocan extrañamiento al presentar de manera diferente, lo habitual. Es interesante cómo el realizador usa esa supuesta originalidad/audacia repleta de giros y planos dimensionales para elaborar una incipiente filmografía que posee un discurso profundamente tradicional, humanista y romántico, principalmente basado en la necesidad del individuo de buscar significado y de inventarlo si no lo encuentra.

Su trabajo exuda esperanza por el destino del ser humano, a través de la creación de personajes a los cuales el encierro físico y mental les obliga a autoexaminarse y perseverar. Así, cuando en ‘The Discovery’ cae la cortina del mago McDowell, se revela que, independiente del plano de existencia en el que se viva, la idea de comenzar de cero es una fantasía y cometer una y otra vez los mismos errores es la realidad. Su verdadero truco es tener la certeza de que el hombre no puede cambiar, sólo intentar aprender.

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TRAILER – “THE ONE I LOVE”

TRAILER – “THE DISCOVERY”

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