CRÍTICA: “Silence” (2016) de Martin Scorsese, factum est silentium in caelo

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Segunda mitad del siglo XVII. Sebastião Rodrigues y Francisco Garrpe son dos sacerdotes jesuitas portugueses que se ven obligados a emprender un viaje hasta Japón para encontrar a su mentor, Cristóvão Ferreira. Según se rumorea, Ferreira ha renunciado a su fe de forma pública, tras haber sido perseguido y torturado. En busca de este misionero, los dos sacerdotes vivirán el suplicio y la violencia con que los japoneses reciben a los cristianos. Y es que, en el país nipón la práctica del catolicismo no está permitida, por lo que aquellos que practican esta creencia deben hacerlo en la clandestinidad. Los misioneros jesuitas serán testigos de la violenta persecución a la que son sometidos los cristianos japoneses, que están sometidos a un régimen dictatorial que busca eliminar cualquier influencia occidental en el país.

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‘Silence’ de Martin Scorsese narra, en extensos 161 minutos, cómo el pragmatismo parece vencer a la convicción y cómo, en el fondo, la convicción subsiste a pesar del pragmatismo. Esta es la forma sencilla de decir que pragmatismo y convicción conviven en la historia en grados difíciles de precisar, aunque con una explícita imposición final de la convicción sobre el pragmatismo.

Nuestro protagonista, el padre Sebastião Rodrigues (Andrew Garfield), lucha con vehemencia para mantenerse públicamente fiel a la fe cristiana; pero en un punto termina cediendo a las presiones de Inoue (Issey Ogata) y reniega ante todos de su fe, manteniéndola, no obstante, en su corazón. Incurre en esta negación para proteger a los cristianos japoneses que lo siguen de las torturas impuestas por Inoue.

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Sebastião niega su fe por amor al prójimo, que es un aspecto importante de la doctrina cristiana, pero no el central: este se encuentra en la vida eterna a la que accederán los que creen que Jesús es el Cristo y el argumento más fuerte para esparcir esta noticia es que Él resucitó. Focalizándonos en este aspecto central, la vida ultramundana, los sufrimientos que experimentamos durante la vida se vuelven insignificantes: esta es la razón por la cual Sebastião decide no incurrir en apostasía en un principio. No obstante, la realidad del mundo implica necesidades físicas y emocionales e implica también el dolor y la conmiseración.

Sebastião es sometido a la tortura psicológica de testificar las torturas impuestas por Inoue sobre los aldeanos conversos hasta llegar al punto en el que no puede tolerarlo: su perturbación es tanta que incluso imagina la voz de Cristo diciéndole que pise su imagen como una metáfora de su apostasía fingida. Entonces se impone el criterio pragmático del amor al prójimo sobre el criterio convicto de la vida eterna. El amor al prójimo también hace desear que el otro acceda a la vida eterna y a no concederle importancia al sufrimiento que este experimenta durante su vida terrenal, pero la naturaleza humana es débil y frágil.

El símbolo máximo de esta naturaleza quebradiza es Kichijiro (Yosuke Kubozuka), quien constantemente incurre en apostasía e incluso delata a Sebastião y a japoneses conversos, pero se arrepiente cada vez y busca a Sebastião para que lo confiese. Este personaje es un símbolo del hombre débil al que Jesús buscó con más interés que al resto, como Pedro negándolo tres veces antes de que cantase el gallo, para depositar sobre él el destino de su Iglesia en el mundo.

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La trama alude al título de la película como la ausencia de respuesta de Dios (llamado frecuentemente con su nombre latino Deus) ante las súplicas y el sufrimiento de sus hijos en el mundo: una problematización bastante típica (y débil) para cuestionar la existencia de Dios que Scorsese no podía omitir en esta obra so pena de haber incurrido en inverosimilitud. La problematización es débil porque, estando la vida eterna en el centro del mensaje cristiano, el sufrimiento mundano deviene insignificante: los mortales son sensibles a él porque lo experimentan cada día, pero no Dios ni quienes habitan con Él. Resulta necesario retratarla, no obstante, porque forma parte de la experiencia religiosa de todos los occidentales (creyentes o no).

La película también relata la complicada relación de los japoneses con los europeos que llegaron al archipiélago durante el siglo XVII. Este tema también es visible en la serie Shogun’ (1980) o en la serie animada Juuni Kokki’ (2002): los propios japoneses (la película de Scorsese está inspirada en la novela homónima de Shusaku Endo) parecen percibirse como una sociedad cerrada en la que los foráneos difícilmente podrán entrar y, aún haciéndolo, jamás serán considerados miembros plenos y legítimos de su comunidad.

Adornada con ominosos silencios en escenas de gran carga emotiva y con cuadros superiores o panorámicos sublimes que transportan el espíritu hacia una experiencia estética completa, Silence’ destaca lo corpóreamente humano: la fragilidad del cuerpo, la angustia del hambre, las incomodidades de la lluvia y del sol, la diferencia entre vestir harapos y ropa limpia, el horror de la tortura a la vez que la comodidad de un living con una taza de té caliente.

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Ficha Técnica:
EEUU, 2016, 161 min.
Título Original: “Silence”.
Director: Martin Scorsese.
Guion: Jay Cocks y Martin Scorsese (Novela: Shusaku Endo).
Reparto: Andrew Garfield, Adam Driver, Liam Neeson, Ciarán Hinds, Issei Ogata, Tadanobu Asano, Shin’ya Tsukamoto, Ryô Kase, Sabu (AKA Hiroyuki Tanaka), Nana Komatsu, Yôsuke Kubozuka, Yoshi Oida, Ten Miyazawa.


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