Entrevista al actor Michael Silva: “El Cristo Ciego marcó mi carrera”

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‘El Cristo Ciego’ (Christopher Murray, 2016), es la primera incursión en el cine de Michael Silva (‘Sudamerican Rockers’, ‘Neruda’), una experiencia que para el actor chileno resultó fundamental en su carrera, la que asegura, sufrió “un antes y un después” tras finalizar la grabación.

Durante el rodaje -que sólo duró cinco semanas- Silva compartió con alrededor de 50 personas, todas ellas pertenecientes a poblados del Norte Grande como La Tirana, Pisagua, Huara y Alto Hospicio, y ninguno con estudios de teatro; Michael es el único actor profesional del filme y eso, explica, fue fundamental para conseguir los resultados que hoy la crítica internacional alaba y que el próximo año el público chileno podrá ver en las salas de cine.

“Esta película te invita a pensar, a reflexionar, a mirarte a ti mismo, a pensar al otro”, asegura el actor en entrevista con El Otro Cine.

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Michael, una de las primeras noticias que recibimos de ‘El Cristo Ciego’ fue cuando a ti y a Christopher (Murray) los aplaudieron de pie en Venecia. ¿Cómo tomaste esa recepción del público? ¿Esperabas que allá se pararan a aplaudirte? ¿Cómo fue ese momento?

MS: No me lo esperaba. De hecho, tampoco me esperaba hacer cine. Como tampoco me esperaba, a consecuencia de hacer cine, estar en Venecia. Mi intención cuando entré a la escuela de teatro era hacer teatro. Ingenuamente creí que se podía vivir dignamente de eso y me di cuenta que era un camino muy complejo hasta que decidí buscar otros espacios y entré a lo audiovisual por medio de la serie, tampoco fue algo que busqué. A causa de eso, Christopher me conoció porque vio una foto, le preguntó a un colega actor si conocía a alguien con ciertas características y me recomendó. Nunca busqué estar en un festival tan importante como ese. Luego me enteré que habían sido muy pocas las películas chilenas que habían estado ahí… ‘La Luna en el Espejo’, ‘Post Mortem’ ahora ‘Cristo Ciego’, así que no dimensionaba lo que era para el cine estar ahí. Y cuando sucede eso es bonito. Lo que quiero es que todo el mundo vea la película, que no haya una persona en la Tierra que no la haya visto. Para mí, ese es el objetivo al grabar: contar una buena historia, un buen guion, una buena foto, algo que me invite a asumir algún riesgo actoral, algo que sea nuevo para mí, algo que no sepa cómo hacerlo, que me invite a cuestionarme. Entonces llegar a Italia, ahora sé que está también en Suecia, India, Japón, Brasil, Argentina. Y me lo tomo bien, tranquilo, son momentos, sé que estas cosas pasan.

Una anécdota: estábamos en un hotel a dos cuadras de donde se exhibía la película en Venecia, a dos minutos caminando, y nos iban a buscar en un auto tremendo para que al llegar nos vieran caminar por la alfombra roja. Todo es menos de lo que la prensa muestra que es. Uno no puede caer en ese divismo o en ese juego que es súper torpe también, creer que “la hiciste”.

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Pero que te aplaudan en el extranjero es rico igual…

MS: Es grato, y tiene mucho que ver con la cultura. Ellos tienen un color, un habla, una forma de pensar, un espacio geográfico que es muy distinto al nuestro y eso es totalmente ajeno. Ver una película con un grado de realidad que está por sobre los actores, entonces ven esta realidad, este pueblo, este desierto y dicen “¿dónde está esto?”.

Como cuando nosotros vemos películas de Afganistán, de China, de la India…

MS: Claro, y decimos “qué linda la lengua, los paisajes”, algo totalmente distinto al cine latinoamericano o gringo. Y yo soy un convencido de que la gente de afuera la va a recibir mucho mejor que como la podemos recibir nosotros. Creo que en Chile le harán un poco el quite…

¿Porque es chilena o por la temática?

MS: Una, porque es chilena, ya está inserto en la población, la gente ya piensa a lo que puede llegar, “hablan puros garabatos”, esos son los comentarios y la gente no las va a ver. Pero aquí, de partida, yo soy el único actor, el resto nadie lo es. Imagínate cuando hay rostros, la gente dice “ah, voy a verla”, o si es una comedia, “ah, me quiero divertir, quiero algo más liviano, no quiero pensar tanto…”. Esta película te invita a pensar, a mirarte a ti mismo, a pensar en el otro, es una realidad que está en tu país pero que pocos conocen, ya sea porque no han viajado o porque los medios de comunicación no te la presentan porque no quieren mostrar a Chile como lo que es realmente…

Es como un círculo vicioso porque los medios dicen “no lo mostremos porque no les interesa a la gente” y la gente dice “pero no me la muestran”.

MS: Sí, también. Hay un problema en cómo apreciamos lo que es nuestro, el valor que le damos al otro. Si la película no queda en el Festival de Venecia, no tiene el mismo valor, siendo el mismo objeto de arte, a que si hubiese estado en Venecia. Tenemos que sentirnos aprobados por otros… es muy raro eso. Y tiene que ver con amar tan poco lo que somos, y eso a mí me habla de una falta de identidad, de reconocernos, de decir “esto somos, tenemos buenos directores, buenos guionistas, buenas series se hacen”, pero todo es mirar para afuera.

Leo comentarios sobre (Luis) Gnecco, por ejemplo, y muchos chilenos lo tiraban para abajo por ‘Neruda’, como si supieran lo que cuesta actuar en este país, pero viene cualquier cosa de afuera y vamos, para arriba.

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Y eso va ligado con la próxima pregunta, porque siempre hay personas que creen, casi como sinónimo de intelectual, que al público chileno le gustan las películas livianas, que sólo son consumidores pasivos y les gusta ver algo simple y rápido de digerir, y ‘El Cristo Ciego’ no es así. Es una película “de autor”, casi cine experimental, entonces cómo crees que la van a recibir, a parte de la taquilla, como espectador.

MS: Creo que hay que entrar con la disposición y la voluntad de querer recibir una película que es distinta. De entrada, no van a ver a ningún rostro televisivo… yo no soy un rostro, quizás una persona mediática, no soy rostro de alguna multitienda, no soy embajador de nada, no hago teleseries. Entonces se van a encontrar con un montón de “actores” desconocidos, personas con las que nos topamos en la calle. Son ex sicarios, ex homicidas, ex prostitutas, ex pasta baseros, entonces con estos antecedentes, hay que recibirla y entrar en la historia. Es una historia simple, pero no simplona: simple porque es fácil de entender, pero es profunda a la vez, que habla de la pobreza, de la marginalidad, de la explotación del hombre hacia el hombre, de la espiritualidad, del sentido de la vida, cosas metafísicas, filosóficas, antropológicas, que implica una participación más activa del espectador hacia el objeto que estás viendo. Tenemos que darnos el espacio de ver este tipo de películas también que hablan de nosotros, de una parte del país que está abandonada y olvidada, y ellos también son chilenos, son hermanos, puede ser cualquiera de nosotros. Es una realidad que no muchos conocen al interior de Iquique, en Huara, Pisagua, Mamiña, La Tirana, donde hay mucho tráfico de droga. Si supieran. Fue duro.

Sobre eso mismo, me imagino que esas fueron las cosas que más te interesaron como proyecto y, en ese sentido ¿Cómo fue esa primera reunión con Christopher y saber que tú ibas a ser el único actor, que ibas a actuar con otras personas que actuarían de sí mismos?

MS: Nos juntamos en la azotea de las oficinas del MAFI (Mapa Fílmico de un País). Me había mandado el guion antes y conversamos. Me hizo ver que sería el actor que haría este peregrinaje y que podría haber más actores. Luego, por temas de dirección, finalmente se decidió que yo sería el único actor, y desde ahí tuve que asumir el trabajo desde lo que ellos, como “actores no actores”, me podían entregar. Lo que intenté hacer fue fundirme con ellos, convertirme en un “no actor con estudios”, integrarme a ellos y no al revés, tratar de olvidar muchas técnicas y sumarme junto a ellos frente a la cámara. Ahora, tampoco lo conozco muy bien, es mi primera película después de mi segunda serie, para mí también fue complejo hacer cine, así que esa inexperiencia también me ayudó a fundirme con ellos. Traté de entenderlos, de contenernos en un trabajo mutuo, ensayamos mucho, ellos también tenían sus textos, tenían mucho sentido de la continuidad sin saberlo. Les pasaban un texto y se los aprendían al pie de la letra como Christopher quería, el trabajo de miradas, un trabajo bien complejo de cómo con lo mínimo poder contar más.

¿Y fueron sólo cinco semanas de rodaje?

MS: Cinco semanas y nada más. Antes Christopher viajó a conocer gente, reunir historias, y desde ahí elaboró un guion a partir de las experiencias de él. De hecho, las historias son experiencias de él y su equipo que están ficcionadas, y esa verdad que te transmite es una que está por sobre la verdad de nosotros, una tan genuina, tan pura, tan única. Creo que eso es lo que hace tan única también a la película.

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Leí en una entrevista que al entrar en este mundo de los “no actores”, te produjo una especie de crisis vocacional.

MS: Sí. Una crisis de preguntarme “qué es actuar”, porque tú estudias cuatro años, te enseñan a actuar, y después tienes que olvidar lo que te enseñaron porque te das cuenta que muchas cosas no sirven, te quedas con súper pocas. A mí me dieron muy pocas cosas en la escuela. Uno o dos profesores, a lo más, me dieron sentido. Me preguntaba “qué es actuar” cuando tenía a personas al frente con una verdad encima de ellos que yo no tengo y que no voy a poder tener. Las marcas, cortes, enfermedades, que tienen en sus cuerpos no son maquillaje, son marcas de sus propias experiencias. No hay actuación ni historias que igualen a esa realidad.

¿Te sentiste un poco ajeno, como un extranjero?

MS: Sí, aparte venía de Santiago, de otra realidad. Ellos vivían en ese lugar. Pero me hicieron sentir parte de ahí, Christopher y el equipo nos apoyaron mucho, estábamos en el desierto…

¿Cómo fue estar ahí? El frío en la madrugada, el calor en el día…

MS: Tenía que grabar a pies descalzos, repetir una y otra vez, mucho sol, mucho frío, pero nos cuidábamos, teníamos que hacerlo…

¿Y cuántas personas en total eran en el elenco?

MS: Habrán sido cincuenta más o menos, pero estaban muy comprometidos y fascinados con la idea de filmar allá. Entiendo que habían grabado teleseries allá y siempre los consideraban como extras, pero acá eran protagónicos, tenían escenas, se emocionaban, era otro el acercamiento que tenían con el rol de actuar.

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Durante la conversación me has nombrado cosas que seguramente son parte de la respuesta a ¿qué fue lo más difícil de hacer ‘El Cristo Ciego’? Primero, porque es tu primera película, y segundo, por todo lo que ya has comentado.

MS: Creo que son muchas cosas las complejas, pero sin duda es cómo se actúa con ellos, con gente cargada de vida, de dolor. El cómo sumarse a eso; también las condiciones del lugar, muchas veces es más larga la espera que lo que uno graba; el hecho de terminar agotado y saber que al otro día te tienes que levantar y seguir grabando y con qué sorpresa nos vamos a encontrar… todo era muy vulnerable, aunque eso no me resultaba difícil, pero si era una complejidad para el rodaje. Confío mucho en los directores.

¿Entonces cuál fue tu mayor logro o satisfacción terminado el proceso de la película?

MS: Mi mayor satisfacción es siempre lo que la gente ve y dice de la película más que lo que yo pueda sentir de ella. De alguna forma lo que quería era fundirme en esta realidad. Me han dicho que no se nota el hecho que yo soy actor y que ellos no lo son, y eso para mí es un logro porque es lo que yo quería hacer, y olvidé muchas cosas con las que venía predispuesto a hacer en el montaje, y eso me obligó a confiar mucho en el equipo y en Christopher. No tuve que hacer el ejercicio de estudiar. Habré visto películas de Pasolini como ‘El Evangelio Según San Mateo’ que me recomendaron, pero fueron ellos los que me hicieron tomar decisiones en cuanto a lo que tenía que hacer. Muchas veces había que cobijar a la gente, todos dirigiendo y preocupándonos de las personas…

Entonces, las personas claves en este proceso fueron los pobladores, incluso más que tú y que Christopher.

MS: Yo era una persona que atravesaba por ellos más que ellos por mí. A pesar de que en la película se ve que son personas que pasan por un peregrinaje que yo hago, donde marcó un punto de inicio y de final, finalmente soy yo en el proceso el que me voy metiendo en sus vidas. Yo antes había grabado la serie de Los Prisioneros y la gente la conocía y eso ayudó también a ser parte, a compartir experiencias, fue todo tan inconsciente. Ellos son la película, sus rostros, sus cuerpos.

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El hecho de que estas personas tuvieran experiencias de vida tan rudas, ¿Cómo pudiste convivir con eso sin traspasar la línea de su intimidad?

MS: Yo nunca le hice un juicio moral a nadie. Yo me enteraba de cosas. Sabía que se traficaba droga, pasta, que había gente que había matado a otra por ahí cerca. Yo caminaba por la calle y no me generaba inseguridad, pero sí saber que es ese mundo tan crudo. Son personas que tienen muchas necesidades que no están cubiertas. Fue crudo verlo y ser consciente de eso. No quiero comparar tampoco pero uno mira su realidad y te das cuenta que hay gente que está prácticamente abandonada. Pisagua fue un lugar de tortura en más de un gobierno. Iquique es una cosa, el interior es otra, pero Pisagua es algo totalmente distinto, el peso se siente encima, como si existiera un no-tiempo, cierto adormecimiento, una cosa desesperanzadora, y no sé si ellos están conscientes de eso.

¿Y la gente se entregaba fácilmente a contar sus historias y a decir “yo soy prostituta”, “yo soy traficante”?

MS: Sí. Me contaban con total libertad “yo maté a un tipo” o historias con sus parejas. Tienen totalmente asumido lo que fueron. Yo percibía que, por muchas corazas que se puedan tener, o uno mismo, hay una fragilidad y una necesidad de amor, de sentirnos queridos, de saber el lugar en el que se vive, de lo que uno es, pero querer ir más lejos. No sé… una constante necesidad de afecto y que no sólo es propia de ellos sino que de todos.

Y siendo fríos y sin querer ser egoísta ¿Sientes que todo eso, tanto lo positivo como lo negativo, te enriqueció finalmente y te hizo crecer como actor?

MS: Sí, claro. Me hicieron entender cosas de mi vida y posicionarme desde otro lugar. Como actor, marcó un antes y un después esta película, el trabajar ahí y conocer a estas personas. Es mi primera película, gracias a ella pude estar en uno de los festivales más importantes del mundo, al igual como me marcó mi primera serie.

Profesas el cristianismo, y en esta película eres una especie de profeta ¿Sientes que tu religión te sirvió para encarnar a este personaje? Y por otro lado, ¿Crees que la religión puede ser un motor actoral?

MS: Que buena pregunta. Las diferencias entre el Michael de la película –que lleva mi nombre- y la mía son totalmente opuestas. Él cree que Dios está dentro de uno, cree que uno puede sanarse si uno lo cree, que podemos depender de nosotros mismos, una visión muy humanista. Pero desde mi visión, yo no lo soy, no creo que el hombre pueda ser capaz de algo tan trascendental, somos mortales vulnerables, odiamos, matamos. De la humanidad no espero muchas cosas buenas. No es que no ame a la gente, tienen un valor y son un igual para mí, pero no creo que el hombre pueda llegar a asuntos mucho más profundos. Somos limitados mental, espiritual y emocionalmente, así que somos muy opuestos con mi personaje. Ahora, yo sí creo que Jesús puede hacer algo por mí, que puede salvarme más que yo salvarme a mí mismo, y eso tiene que ver con las experiencias de cada uno finalmente. Yo no soy cristiano porque Chile lo sea o porque mis papás me lo hayan inculcado, fui yo el que se acercó a la fe y luego vino mi familia, entonces siempre, para aferrarme a algo, me pregunto antes si esto es real o no, lo verdadero tiene que tener relación directa con la realidad.

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Según lo que explicas, el Michael de la película entonces era un profeta, pero no se ve muy religioso…

MS: Habría que definir qué es lo religioso. Para mí, lo espiritual es todo, porque todo repercute en lo material. Las enfermedades, los celos, la rabia provocan dolor. Michael de la película más que creer en Dios, cree en que Dios está dentro de uno, pero no en una visión panteísta de que todo es Dios, sino que en la capacidad de obrar sin la necesidad de otro…

Donde, en el fondo, tú creas tu propio Universo…

MS: Exacto, algo en lo que yo no creo en lo absoluto. Yo soy un miserable, te lo digo en serio, soy inútil. Yo no encuentro en mí nada bueno que pueda hacer por otro. En esa relación que yo tengo con Jesús, me he dado cuenta de que Dios me ha hecho pensar y revertir ciertas condiciones espirituales, pero no desde mi propia fuerza. Me declaro, honestamente, súper incompetente. No tengo ninguna facultad de hacer algo por alguien, ni siquiera por mí mismo. Ahora, creo en el respeto mutuo, en el amor, creo y quiero al hombre, pero no me es suficiente. Uno quiere ser indispensable, pero te lloran un tiempo y nada más.

¿Y sientes que la actuación puede ser un vehículo evangelizador?

MS: Sí, la actuación como cualquier otro oficio o profesión. Yo no actúo para evangelizar, pero el actuar ha tenido otro fin que va más allá de mí, que tiene que ver con lo que yo creo. En esta misma entrevista, si tú me preguntas sobre Jesús, yo te voy a hablar de mis experiencias y sé que alguien le va a dar sentido. No puedo dejar de hablar de Jesús cuando me preguntan y decir lo que creo porque en mi vida sí ha estado positivamente. Me he encontrado con gente que me dice que leyó o escuchó algo que dije y por ahí va esa ganancia que veo, la posibilidad de hablarlo y que la gente lo comparta o, por último, se cuestione, pero en ningún caso lo impongo ni quiero que crean. Siempre desde el respeto.

Muchas gracias Michael y mucho éxito con ‘Cristo Ciego’.

MS: No, gracias a ti, y saludos a todos los amigos de El Otro Cine.

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