ZOOM IN: La habitación de Matías Bize

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¿Recuerdan esa polera que decía “Mother” en «Sábado» (2003), la ópera prima de Matías Bize? La llevaba puesta Antonia (Antonia Zegers) mientras se desahogaba frente a la cámara de su vecino, mientras caminaba a detener el inminente matrimonio entre Blanca (Blanca Lewin) y el padre del  hijo que espera. Antonia en la película es la amante de un padre que le dice que pronto le dará dinero para dejar de serlo. Blanca es la novia. El hijo no tiene nombre. El hijo no tiene historia porque Blanca se lleva al camarógrafo en su auto. Y en ese mundo, sólo lo que está registrado existe.

En “En la Cama” (2005), su siguiente película, la maternidad/paternidad es una probabilidad. Esa que aparece cuando uno de los personajes constata que «Finalmente de eso se trata el sexo: cosas mías pasan a estar dentro de ti”. El vínculo al que aspiran Bruno (Gonzalo Valenzuela) y Daniela (Blanca Lewin) es netamente sexual, los de otro tipo se cuelan inconscientemente: a través del roce de su cuerpo, del cansancio y la desnudez que se confunde con vulnerabilidad; a través de las grietas de las máscaras que los cubren en la cama. Entre las sábanas de un mundo que se acaba al tocar suelo.

En “Lo Bueno de Llorar” (2006), la maternidad/paternidad es una posibilidad abortada, un secreto develado en los pasillos de un supermercado al que una pareja en vías de extinción acude en busca de agua, literalmente (y no). Es una decisión tomada en solitario por la futura madre sin dejar de ser la correcta. Es un “habría sido”, doloroso a ratos y enigmático siempre.

"En la Cama" (2005)

«En la Cama» (2005)

En “La Vida de los Peces” (2010), el hijo tiene su propia habitación, ya sea una que se conserva intacta desde su fallecimiento, el vientre de su madre, una cama donde dormir o un lugar donde jugar videojuegos mientras transcurre la fiesta de sus padres. La maternidad/paternidad es una condicional, un nudo que ata, un signo de adultez. Significa tener algo en la vida. Es una razón para quedarse dentro de un mundo que se acaba al salir de la casa en la que se desarrolla la acción.

En “La Memoría del Agua” (2015), Bize no necesita condicionar a sus actores a limitaciones de tiempo o espacio a la hora de rodar, porque son personajes encerrados en su propio dolor, tras la muerte de su hijo de cuatro años. Para ilustrar ello, se vale de metáforas gruesas pero efectivas: la desolación es un departamento vacío, un perro abandonado, una chica con la que tener sexo casual, mientras que la opción de rearmarse está subrayada por la profesión del padre, arquitecto, que modela el hogar ideal para una pareja amiga justo después del que el suyo se desplomó. Esta sencillez simbólica del guión no es incapacidad de vuelo creativo, sino la creencia en un cine en el cual las heridas más profundas de sus personajes se develan inconscientemente, rodando en la circularidad de lo cotidiano.

Con este tipo de paradojas profesionales es difícil no advertir un guiño (¿involuntario?) a la imprescindible cinta italiana “La Habitación del Hijo” (2001), en la cual Nani Moretti interpreta a un psicólogo que debe seguir con su rutina de pacientes, mientras está devastado tras la muerte de su hijo adolescente en un accidente de buceo. Sí, también está allí el agua, la asfixia, las conversaciones que pierden sentido y un mundo que no deja de moverse en segundo plano mientras los personajes principales están paralizados.

"La Vida de los Peces" (2010)

«La Vida de los Peces» (2010)

¿Es “La Memoria del Agua” la película más madura de Matías Bize porque pone el lugar que ocupa(ba) el hijo dentro de la dinámica de pareja en el centro de su trama? No lo creo, pese a que es una declaración recurrente de parte de la prensa e incluso del mismo realizador. Su última entrega va, tal como las demás, sobre la comunicación entre dos personas que son (han sido o podrían ser) pareja. Sólo que esta vez, la imposibilidad de lograr entenderse realmente no es una conclusión a la que se llega hacia al final del metraje sino el punto de partida. Si en sus anteriores cintas, los sujetos se configuraban a través del habla, “La Memoria del Agua” es la película que inhabilita al lenguaje como portador de sentido y le deja esa responsabilidad a la expresión corporal y al espacio que éstos personajes ocupan dentro de un mundo en el que se sienten ajenos. No es casual la escena en que Amanda (Elena Anaya) –traductora de profesión- se paraliza y hace crisis en medio de una conferencia en la que la materia a detallar coincide con las circunstancias en las que su hijo falleció.

En “La Memoría del Agua”, el lugar del hijo es lo indecible, una casa deshabitada, un triciclo sin dueño, una carpeta llena de fotografías digitales fuera de campo. Su habitación está acaso dentro de esa música e iluminación que intenta transmitir un dolor, a sabiendas, intraducible.

"La Memoria del Agua" (2015)

«La Memoria del Agua» (2015)

¿Es “La Memoria del Agua” sólo otra película más sobre la pérdida? No. Y no lo es fundamentalmente gracias a una impecable dirección de fotografía que se encarga de ejercer el rol semiótico que “dejó  vacante” al diálogo, y a la extraordinaria actuación de Elena Anaya interpretando a Amanda, la madre que no necesita llevar una polera que la identifique como tal. La madre que lo lleva(rá) escrito en su cuerpo. Otra vez el cine de Bize muestra cómo lo femenino se vincula con el mundo como un todo emocional/racional, mientras lo masculino divide su conexión en una serie de compartimentos entre los que la mente se pasea, otorgándoles diversa relevancia y orden. Bajo su mirada (y la de Julio Rojas, coguionista de los films), el hombre siempre es un turista visitando un territorio que la mujer –para bien o mal- hace suyo para siempre. Y en ese compromiso emocional férreo, ella está sola, ya sea metafóricamente deambulando por las calles vestida de novia; esperando al amor de su vida en un café; sincerándose inesperadamente en un motel; o tomando un avión en Puerto Montt con destino a Santiago.

El trabajo de la actriz española, junto a un premeditadamente contenido rol de Benjamín Vicuña, aportan enormemente a que la cinta crezca desde las formas de sobrellevar un duelo, hasta convertirse en un sensible relato acerca de la fragilidad de todo aquello que se posee. Es esa FRAGILIDAD, así, en mayúsculas y a secas, puesta como tópico central de “La Memoria del Agua”, la que la hace una película devastadora. Y es la conciencia de que dicha fragilidad es inherente a todo lo que se construye dentro y fuera de la pantalla, la que la hace una cinta necesaria de ver.

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