CRÍTICA: «La Chispa de la Vida» (2011) de Álex de la Iglesia, que empiece el espectáculo

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Roberto es un publicista cesante que alcanzó el éxito cuando se le ocurrió un famoso slogan: «Coca-Cola, la chispa de la vida». Ahora es un hombre desesperado que, intentando recordar los días felices, regresa al hotel donde pasó la luna de miel con su mujer. Sin embargo, en lugar del hotel, lo que encuentra es un museo levantado en torno al teatro romano de la ciudad. Mientras pasea por las ruinas, sufre un accidente: una barra de hierro se le clava en la cabeza y lo deja completamente paralizado. Si intentara moverse, se moriría. Se convierte así en el foco de atención de los medios de comunicación, lo que volverá a cambiar su vida.

Pocos directores son capaces de generar un culto en torno a su filmografía en tan poco tiempo. Álex de la Iglesia es uno de ellos, a quien le bastó una década y cinco títulos consecutivos para consagrarse como uno de los genios de la comedia en español. Desde “Acción Mutante” (1993) hasta “La Comunidad” (2000), pasando por su gran película, “El Día de la Bestia” (1995), el humor negro tomo forma y, con ello, el crecimiento de un gran cuenta cuentos, con un sentido del humor único y dueño de una creatividad muy particular.

“La Chispa de la Vida” forma parte de la “segunda etapa” de su extensa carrera, donde se acerca a historias con mayor peso dramático, pero sin dejar de lado el sarcasmo y la exageración. El eje central de la cinta es Roberto (José Mota) y su fracaso laboral. Sin trabajo como publicista, pero convencido de sus capacidades, cae en desgracia cuando, de manera fortuita, se ve implicado en un insólito accidente: tras caer al vacío se entierra una barra de metal que le atraviesa la cabeza, dejándolo completamente consciente pero sin movilidad. Lo que parece una tragedia, Roberto lo convierte en la oportunidad de su vida para ganar dinero de manera fácil: vender su accidente a los medios, lo que pondrá en jaque a Luisa (Salma Hayek), su esposa, entre la vida de su marido y la estabilidad económica de su familia.

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Si bien la cinta gira en torno a este argumento, la crítica y análisis recae sobre el rol de los medios de comunicación y cuan lejos estos pueden llegar con tal de contar con la exclusiva. No es primera vez que se aborda este tema. Desde “Network” (1976) de Sidney Lumet, hasta “No” (2012) de Pablo Larraín y la reciente “Nightcrawler” (2014) de Dan Gilroy, ya conocimos la influencia del quinto poder y su capacidad de crear realidades más allá de lo moralmente correcto, lo que impacta negativamente en la audiencia, pero de forma muy positiva en el rating y el bolsillo de la cadena televisiva.

En ese sentido, en “La Chispa de la Vida”, el director tiene muy claro qué es lo que quiere contar y cómo lo va a hacer, pero es esto último uno de los puntos débiles de la cinta, ya que la excesiva sátira y ridiculización de ciertos personajes y elementos claves dentro de la narración, terminan por alejarnos de la seriedad del tema de fondo, sin lograrse de manera completa la conjunción entre el drama y la comedia. Si bien esto lo logró de manera brillante De la Iglesia durante su “primera etapa” como director, llevar ahora el relato al punto de muerte termina por dejarnos incompletos, tanto de un lado (diversión) como del otro (empatía y dolor), oscilando entre una línea que no es capaz de equilibrar.

Llama la atención además la gran cantidad de inexactitudes médicas, geográficas y temporales que la cinta da por sentado y que sólo logran sacarnos del foco, algo imperdonable en un director de su categoría.

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Las actuaciones principales tampoco aportan al desarrollo de la historia. El reconocido comediante español José Mota no consigue hacernos partícipe de su absoluta frustración y obsesiva necesidad económica, y Salma Hayek realiza quizás la peor interpretación de su carrera, sobreactuada y poco convincente, probablemente por su poca experiencia en el género de la tragicomedia. La neutralidad en su voz también resulta inexplicable e innecesaria. Como excepción, destacar el trabajo de todos los secundarios, encargados de representarnos dentro de la película: Fernando Tejero (Emilio en “Aquí No Hay Quien Viva”), que sorprende, de manera opuesta a la mexicana, en un rol mucho más dramático al acostumbrado, siendo el punto de inflexión y quien termina conectando al espectador con la historia; además de una mención para Carolina Bang (“Balada Triste de Trompeta”) y la ganadora del Goya, Nerea Camacho (“Camacho”), quienes le otorgan el peso de sensibilidad a la cinta, incluso por sobre la pareja protagónica.

Más allá de los desaciertos mencionados (a entender de quien escribe, fundamentales), el trabajo técnico, tanto de sonido como en montaje, y el creciente ritmo narrativo, nos permiten hacer de “La Chispa de la Vida” una película disfrutable y fácil de seguir.

Un mundo donde la sociedad piensa con los pies, la humillación y el desagravio puede llegar a tocar fondo con tal de sobrevivir, y la labor de la prensa, en función de la necesidad económica por sobre cualquier principio valórico, es finalmente el mensaje que la cinta se esmera en entregar. Probablemente, si se tratara de una sátira de principio a fin, o bien, de una tragedia de deshumanización, estaríamos hablando de un triunfo redondo, sin embargo, “La Chispa de la Vida” se consume intentando dominar ambos escenarios, sin poder cumplir con ninguno.

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Ficha Técnica:
España, 2011, 98 min.
Título Original: “La Chispa de la Vida”.
Director: Álex de la Iglesia.
Guion: Randy Feldman.
Reparto: José Mota, Salma Hayek, Blanca Portillo, Juan Luis Galiardo, Fernando Tejero, Antonio Garrido, Manuel Tallafé, Santiago Segura, Carolina Bang, Juanjo Puigcorbé.

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