CRÍTICA: «Only Lovers Left Alive» (2013) de Jim Jarmusch, sólo los amantes sobreviven

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Todo se acaba. Incluso las historias. Incluso las cosas que viven tanto que llamamos «inmortales», incluso los dioses y demás. «Only Lovers Left Alive», traducida al español como «Solo los amantes sobreviven», es una bella e irónica elegía de cierta forma de romanticismo. Jim Jarmusch ha sabido darle nueva sangre a los vampiros, quienes hoy son más vehículos para reciclar otro tipo de historias. En contraste, las criaturas de esta cinta son seres que respiran con una nueva vitalidad. El realizador norteamericano recurre a ellos para adaptarlos a su peculiar visión personal y enfrentarlos con sus preocupaciones. Los vampiros de Jarmusch son bestias que se acercan más a las criaturas en sus orígenes literarios, y ya no tanto a la diversidad de seres de la noche que ha poblado el cine (aunque haya innegables guiños a muchas cintas del género).

Consistente con su filmografía, la película le da una mayor importancia a una atmósfera y la resonancia que nos provoca, en tanto que la trama es un vehículo sobre el que anda el film, pero no es su centro. Antes que indagar por una sucesión de inflexiones, el cine que practica Jarmusch es uno que nos invita a contemplar. El medio audiovisual es un fin en sí mismo, un significante para el que los relatos que cuenta son una faceta más de toda una experiencia que presencian los espectadores. El objeto de «Only Lovers Left Alive» es deleitarse con el delicioso desastre de nuestro mundo, observarlo el tiempo suficiente para saborearlo, y al mismo tiempo, tener tiempo de despotricar sobre esa destrucción a la que hemos abocado al planeta. La cinta transmite perfectamente una paleta de sensaciones que se despiertan al ver lo que ocurre en el transcurso de unos pocos días en la vida de un par de muy peculiares enamorados.

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Pero vayamos al comienzo. En el principio está la noche. Eve (Tilda Swinton) y Adam (Tom Hiddleston) llevan siglos de relación amorosa. Ella vive en Tánger, él en una decadente Detroit. La separación no se debe a desavenencias, probablemente se deba a la naturaleza de una relación tan prolongada como la pueden tener un par de vampiros, sin tener nunca una razón explícita para la separación. Ambos, por lo demás, son opuestos como en las fábulas, ambos tienen también una cultura insufrible. Adam no puede soportar su spleen, aunque lo atribuya al horror con que ve cómo los zombies (humanos) están destruyendo el mundo. De hecho, Adam le pide a Ian (Anton Yelchin), uno de los pocos humanos en que confía y uno de los que le sirve como dealer de objetos preciados, una bala de madera con la que contempla terminar sus días. Entre tanto, Eve vive mucho más sosegada. De cuando en cuando se encuentra con Christopher Marlowe (John Hurt) para suplirse de la indispensable sangre limpia que necesita (los vampiros no son los adictos del film de Ferrara, «La Adicción», pero algo similar recorre a la película).

Los encuentros sirven, por otra parte, para que recuerden nostálgicamente un pasado en los que el dramaturgo resiente haber ocultado sus obras bajo la fachada de ese zombie de Shakespeare; la cinta es una fantasía, no se tomen estas viejas teorías como ejemplo de algún tipo de divulgación. De cualquier modo, es la melancolía de Adam la que lleva a Eve a Detroit. A pesar de un incidente, el idilio de la pareja es total por un par de días. Los dos son todavía capaces de maravillarse con las creaciones humanas y con el mundo, así sea uno que se cae a pedazos como la otrora pujante ciudad estadounidense. La irrupción de Ava (Mia Wasikowska), hermana de Eve, cambiará esto. Tanto así que la pareja tendrá que abandonar la cómoda casa de Adam y volar a Tánger. Tras esto, la pareja se verá obligada a abandonar su pose de dandy finalmente -o mejor será decir flâneur– por unos eventos infortunados. Adam e Eve se transforman otra vez en las bestias que siempre han sido al final para poder sobrevivir. «Only Lovers Left Alive» transforma toda esta narración en una excusa para que nos concentremos en una serie de sensaciones: en esmeradas imágenes nocturnas acompasadas con una música evocativa. La conjunción de dichos elementos produce un liviano ensueño que envuelve al espectador en un flujo para que deguste la tenue melancolía de este lúcido film.

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El más reciente largometraje de Jarmusch es el más nocturno de todos. Su lógica y el modo en que avanza es similar al de un sueño, una suerte de fantasía estilizada que debe verse como verdadera heredera del romanticismo. Fiel a su estilo, el director minimiza los eventos y los elementos del género, prefiere amoldarlos a un mundo personal en que son sus reglas las que rigen el desarrollo de la narración. El cine del realizador raya con lo no-narrativo, aunque nunca renuncia a contar y a que sus films sigan siendo todavía historias.

La intervención de Jarmusch sobre el género comenzó abiertamente con «Dead Man» (1995), aun cuando desde sus primeros trabajos ya se puede detectar esa forma de crear a partir del género algo distinto. Con «Only Lovers Left Alive», el director consigue una de las mezclas más logradas de las convenciones propias del género y de su visión personal. Al tomar los elementos codificados y descontextualizarlos -digamos «deconstruirlos», por usar el temible término-, se distorsiona y se desafía el modelo, se subvierte la receta usando sus mismos preceptos. Felizmente la cinta consigue una amalgama de tal naturalidad que es como caer en cuenta de la obviedad de la existencia del vampiro cool. Sin esfuerzo, la observación atenta de la vida nocturna y de sus personajes se conjuga con las secuencias en que los lugares se presentan como objetos en primer plano para nuestro examen. Casi por necesidad, la cinta vuelve a cada plano el sujeto de la contemplación. Con gran oficio estos planos se vuelven una fuente de asombro para el espectador; aun cuando sean las ruinas de Detroit, el fin reluce como un lugar para ser estudiado y abrazado. Una comunión que, entre el objeto -film- y el espectador, tiene como paralelo la comunión entre Adam e Eve. Por ello, al ver una escena en que paralelamente vemos la música de Adam (realmente del grupo del mismo Jarmusch, SQÜRL) en que los encadenados unen a los amantes, se entiende que tanto el montaje y la realización cumplen funciones, tanto para subrayar la experiencia estética, como para sumarle elementos al tenue decurso narrativo.

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Ahora, los vampiros, tan presentes en nuestros días y al mismo tiempo tan disminuidos, se ven aquí como criaturas perfectas para los fines que busca el realizador. En el largometraje, los amantes son una suerte de trasunto de los románticos. Representan un tipo de intelectual, amante de las artes y connoisseur, que comparten muchos de los rasgos del flâneur baudelairiano, e incluso el de la interpretación de Walter Benjamin. Al haber vivido por siglos, sin embargo, este flâneur ya no requiere de la calle para la exploración, más si tenemos en cuenta que la tecnología le permite abandonarse a esa búsqueda desde su propia guarida.

La narración comienza cuando uno de ellos, Adam, al estar agudamente enfermo de spleen, ha llegado al hastío. Esta situación se traduce en una genial revisitación posmoderna del romanticismo por parte de Jarmusch, así como en su actualización. Vale recurrir a la idea de toda una genealogía del arte romántico, que se extiende a través de las vanguardias y continúa hoy en autores y músicos vigentes para comprender que son ellos las referencias culturales sobre los que oscila la película. El mismo Jarmusch es una suerte de romántico para los efectos de la cinta. Estas referencias juegan un papel crucial, pues son puntos de referencia y le dan pie al director para comentar dicho legado. Las criaturas de la cinta revelan, por otra parte, más de un tic de los románticos, al punto que casi son personificaciones de un ideal con el que soñaban los poetas románticos: estos vampiros son tanto los poetas como los héroes que proyectaban.

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Irónicamente, el director introduce un comentario en su tenue narración que nota cómo por supervivencia estos perfectos flâneurs deben volver a su naturaleza primaria. Al fin y al cabo, los vampiros siempre han sido bestias, y antes de volver a serlos, descubren en Tánger que un nuevo mundo reemplaza a ese que parece acabarse en Detroit. El relato con que el director estadounidense cita los referentes culturales podía suponer un dejo de indulgencia, lo que se ve atemperado por el comentario irónico de esta narración, así como el humor que, como buen observador, siembra Jarmusch por toda su cinta. Amamos tanto al flâneur como a las bestias que viven bajo toda esa postura y, por ello, el film es un éxito. Es una emocionante carta de amor al fin del mundo y al nacimiento de uno nuevo.

Sabemos de lo inevitable del fin. La mortalidad también nos produce fascinación. «Only Lovers Left Alive» consigue su efecto de encanto al hacernos partícipes de los vagabundeos nocturnos de Adam y Eve en Tánger y Detroit. Al compartir su experiencia a través del prisma de un director que los observa distante pero lleno de afecto, podemos revivir una atmósfera llena de melancolía y de fervor. La decadencia del Teatro Michigan que contemplan los protagonistas tiene algo de maravilloso y terrible. No es una mera locación, sino un significante y un objeto para que detengamos nuestra mirada. Esta secuencia es un espejo de lo que es el largometraje: una elegía y una oda, un lamento y una celebración.

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El placer que todavía resiste se torna en la esperanza estética del romanticismo que practica aquí Jarmusch. Un placer que va desde la estridencia de los White Hills, pasando por las evocativas melodías de Josef van Wissem, hasta la aterciopelada voz de Yasmine Hamdan. Sin la presencia del reparto, en particular de Hiddleston y la perfecta vampiresa que es Swinton, el film no podría convenir la autenticidad con la que nos embebe esta fantasía.

«Only Lovers Left Alive» consigue los frutos de una conjunción de esfuerzos en lo que parece ser el tiempo preciso para su realización. Orgullosamente podemos ver a esta pieza como una sincronizada unión entre la entusiasta devoción por unos héroes, a la que la aterriza una aguda ironía y un descarnado humor. Con este par de elementos, no vemos el indulgente trabajo de un fanático, sino el de un curtido artesano que no puede evitar mostrar devoción por sus aficiones. Jarmusch sabe que, a pesar de amar tan hondamente a estos personajes y de admirarlos tan profundamente, se trata de seres llenos de pequeñas ridiculeces, seres que obtusamente niegan parte de su naturaleza. Las contradicciones que se vislumbran entre la pose y la naturaleza resuenan junto a lo que parece una verdad terrible. La del fin de todo y que en «Only Lovers Left Alive» nos envuelve con una inusual emoción. Todo se acaba, como dijimos al principio, pero qué delicioso es este final, que también es un nuevo comienzo, uno al que Jarmusch le ha dedicado esta apasionante carta de amor.

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Ficha Técnica:
Reino Unido, 2013, 123 min.
Título Original: “Only Lovers Left Alive”.
Director: Jim Jarmusch.
Guion: Jim Jarmusch.
Reparto: Tilda Swinton, Tom Hiddleston, Mia Wasikowska, John Hurt, Anton Yelchin, Slimane Dazi, Jeffrey Wright, Carter Logan, Ali Amine, Loïc Corbery, Yasmine Hamdan, Catherine Wilkening.

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