CRÍTICA: «The Theory of Everything» (2014) de James Marsh, viajando al infinito

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La extraordinaria e inspiradora historia de una de las mentes más grandes del mundo actual, el reconocido astrofísico Stephen Hawking, y la historia de dos personas retando a las probabilidades menos favorables a través del amor. Un brillante joven recibe a los 21 años un diagnostico devastador: una enfermedad de las neuronas motrices atacará su cuerpo y podría vivir máximo dos años. Jane, su mujer, lucha con amor y determinación junto con él. Ambos, rompen el terreno de la medicina y ciencia logrando más de lo que podrían haber soñado.

No hay debilidad más grande que realizar una cinta sobre una persona que excede las expectativas. Más si se combina esa historia con otra: la revelación de lo ocurrido en la trastienda de un personaje famoso, o de una celebridad. “La Teoría del Todo” conjuga ambas historias en una cinta correcta y cuya ambición se ve frenada por su apego al esquematismo.

Relatar el primer matrimonio de Stephen Hawking no es el enfoque al que usualmente se le daría a un biopic de alguien tan reconocido. El director James Marsh decide concentrarse, desde el principio, en la vida íntima del famoso científico y, con ello, hacer de sus famosas teorías los comentarios al margen que van apareciendo, ineludiblemente, a medida que el filme avanza. La compleja relación de Jane Wilde -luego Hawking-, y Stephen es el centro de la cinta, y en ese sentido, Marsh tiene todo el derecho a ficcionar sobre esa relación, y en poner a un costado la opción obvia de centrarse en su carrera científica. Dicho esto, hay que aclarar que “La Teoría del Todo” apenas consigue darnos indicios de la peculiar historia de amor de los Hawking, apenas nos da idea de las complejidades a las que estas personas se enfrentaron al intentar mantener su relación con una enfermedad como la que sufría Stephen de por medio. No consigue sino navegar superficialmente sobre el drama, delineándolo con cierta perspicacia, pero en últimas pasando por encima para cumplir con el esquema de recuento de “momentos  esenciales”, ya fuera una fiesta de cumpleaños, la presentación de una tesis, etc. Aun teniendo en cuenta que el filme presenta unas destacadas interpretaciones de sus protagonistas y con un muy correcto trabajo en su producción, tan esquemático es que concluye por convertir una inusual historia de amor en una típica. “La Teoría del Todo” busca abarcar mucho más de lo que termina por mostrar al aferrarse a lo que telegráficamente puede condensar; el drama que debía surgir de los momentos concretos de la vida íntima no es fácilmente atrapable en la secuencia de postales, valga la exageración.

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Marsh basa su cinta en el libro “Travelling to Infinity: My Life with Stephen” de Jane Hawking. Si bien no se trata de un recuento totalmente apegado a lo que el mismo libro da cuenta, Marsh condensa toda la relación que surge entre Jane (Felicity Jones) y Stephen (Eddie Redmayne), alterando la cronología de eventos con miras a una evolución dramática. Así, y a pesar de que desde el inicio Stephen muestra ya algún que otro síntoma de la enfermedad que lo aqueja, ambos comienzan inocentemente su romance creyendo en un brillante futuro hasta que llega el diagnóstico: La esclerosis lateral amiotrófica.

“La Teoría del Todo” opta por recorrer los momentos más relevantes de la vida personal y profesional de Hawking para mostrar lo que fue su relación amorosa con Jane. Una decisión que, paradójicamente, oscurece el centro mismo de la cinta. El drama privado que se aspira presentar apenas pasa frente a nosotros, casi que no tiene cabida entre el gran resumen de alguien notablemente reconocido. No es suficiente que Redmayne consiga habitar la situación de Stephen y que con, apenas un gesto, pueda convenir múltiples significados. Es posible que ni el mismo Stephen llegara a ser tan expresivo como lo es Redmayne. No es suficiente la transformación de Jones, de una frágil estudiante de posgrado de literatura medieval en una mujer madura acostumbrada a cargar con un enfermo. El tiempo corre sin cesar, y al no darles espacio para que vivan su vida privada, las complejidades de esa vida íntima se ausentan en “La Teoría del Todo”.

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La cinta se aferra al esquema y a intentar abarcar toda una vida, pero el convencionalismo de ese tipo de narración no se conjuga con la historia que cuenta. La aspiración de desentrañar una relación está claramente ausente en una cinta que evita casi compulsivamente la cercanía al paso de la vida cotidiana. Cada escena tiene un efecto más trascendental, todo es memorable o terriblemente dramático. No hay lugar para el detalle que permitiría dar una cercanía a los hechos narrados. Todo el drama se diluye en un mundo nostálgico y borroso que, al hacer un resumen completo de todo lo que ocurre en una relación y en una vida, no puede darle el espacio necesario para que ese tipo de experiencia se proyecte en la cinta. Quizás la aspiración de Marsh es elogiable, unir una pieza de cámara con la rimbombancia de una pieza sinfónica. La mezcla no termina de cuajar y al final nos quedamos sólo con la rimbombancia y apenas recordamos los matices que sus intérpretes trataron de darle a sus personajes.

Los biopic se enfrentan siempre al tratar de contar de un modo distinto aquello que convirtió en famoso a su protagonista. La física, en este caso, es en líneas generales un comentario al margen. Marsh no recurre demasiado a las fórmulas en tiza en el tablero verde de rigor, sino que intenta soluciones diferentes. En ese sentido, es aleccionadora una secuencia que describe las virtudes y dificultades de la cinta. Casi al final de la cinta, como si fuera una breve historia de la narración que hemos visto, vemos pasar la relación de los Hawking en reversa. Retrocediendo hasta el mísmisimo principio de las cosas de esta historia. Lógicamente, es una metáfora que compara de modo casi transparente parte del campo teórico de Hawking y su vida como espejo. “La Teoría del Todo” se devuelve como si así le diera sentido al absoluto. Es un recurso débil, que además queda expuesto en su debilidad si lo comparamos, como inevitablemente hacemos siempre, con otros referentes.

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En una famosa escena de “Dos o tres cosas que sé de ella”, dentro de un café se reflexiona sobre la creación del universo, o quizás de la conciencia, o del Ser, o quizás de todo esto al  mismo tiempo. Poco sucede en ella. Juliette (Marina Vlady) observa a otros clientes. Uno de ellos que fuma, a veces la mira, pero suele mirar a su café. Un café que revuelve y muestra formas similares a esas con las que pintamos estrellas y galaxias. Todo el tiempo oímos al narrador -el mismo Godard– susurrar divagaciones que van desde los problemas de comunicación de la vida cotidiana a la creación del universo. Empieza a sonar la música y, entonces, como un milagro, al ver las figuras que se dibujan en la superficie del café, uno siente que ve una verdad terrible. Todas las verdades trascendentales del universo se trazan inesperadas como formas en una taza de café. Una de las cuestiones que más fascina de Godard (y más fastidia a muchos otros) es la astronómica cantidad de información que coloca en una simple escena. Al punto que uno puede repetir una y otra vez un filme de Godard y ver u oír información nueva. Esta pequeña escena, siendo una condensación absoluta de ello. Una en que, entrando en ese viejo debate de forma y contenido, conjuga tanto uno como el otro de modo indivisible. Esta escena es realmente una breve historia del tiempo, a su manera.

Marsh en cambio compara una teoría con una relación amorosa. Una cuestión perspicaz que no es novedosa. Ya el mismo Oscar Wilde dijo que  el matrimonio empezaba en un jardín y terminaba con el apocalipsis. Sin la ironía de Wilde, lo que Marsh nos trae es una comparación, un tanto forzada, de una historia que no sabe iluminar el drama privado. A diferencia de lo que decía de la escena de Godard, “La Teoría del Todo” más parece un ejercicio rutinario, coronado por un par de excepcionales actuaciones, pero que no dice mucho más. Un resumen eficaz carente de la urgencia por revelar.

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El director evita hacer otro típico biopic de superación, pero no consigue infundirlo de verdadero drama. Al juntar toda la relación, el director se aboca  a hacerlo por medio de unos esquemas que imponen un estilo telegráfico a la cinta, una cuestión que, repito, impide que surja el drama, que apenas figura en la cinta. Delinear un drama es muy distinto a experimentarlo, o a narrarlo. El sufrimiento de la enfermedad y los problemas que conllevó a la relación amorosa de Stephen y Jane no se resumen solamente en un par de escenas. Enunciar una problemática no es lo mismo que darle expresividad audiovisual, o que contarla si seguimos la conservadora fórmula que rige a la película. Marsh sabe evadirse de la sentimentalización fácil de la relación, no así con la enfermedad misma de Hawking. Se evade demasiado, me siento tentado a escribir.

Finalmente la cinta lo que hace es apuntalar la figura pop científica que es Hawking, sin la irreverencia y facilidad de comunicación que lo caracterizan. El tratamiento subraya el idilio inicial y apenas permite entrever el modo en que su relación se fue deteriorando. “La Teoría del Todo” es un frustrado drama, que resume con facilidad toda una vida, pero fracasa en poner en imágenes al drama mismo. Una correcta cinta, pero también, una gran oportunidad perdida.

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Ficha Técnica:
Reino Unido, 2014, 123 min.
Título Original: “The Theory of Everything”.
Director: James Marsh.
Guion: Anthony McCarten (Libro: Jane Hawking).
Reparto: Eddie Redmayne, Felicity Jones, Charlie Cox, David Thewlis, Emily Watson, Simon McBurney, Charlotte Hope, Adam Godley.

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