CRÍTICA: «Nymphomaniac» (2013) de Lars Von Trier, una rabiosa declaración de principios

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Comencemos por evitar el ineludible sexo de «Ninfomanía». Lo que la nueva cinta de Lars von Trier se propone es una revisión sobre su propia filmografía. Se trata de un comentario del director sobre su producción que intenta abarcarlo todo. El sexo llega como por añadidura, como tema obligatorio. Desde esta perspectiva, la historia de Joe (Charlotte Gainsbourg) es una excusa para volver a las obsesiones del director, para continuar la exploración de formas audiovisuales que a veces han demostrado la audacia del danés, del mismo modo que a veces demuestra su amor por el efectismo. De hecho, esta nueva cinta es un ejemplar perfecto de lo irregular que ha sido buena parte de la producción del cineasta. «Ninfomanía» es una cinta juguetona que, a su manera, recicla la lúdica construcción de esas novelas del siglo XVIII como «Jacques el fatalista». Un filme que utiliza el juego sobre tabúes y censuras para cuestionar, y cuando se habla de cuestionar para Von Trier es un sinónimo de una queja enfurecida en contra de una sociedad que el cineasta no ve sino como hipócrita y falsa. «Ninfomanía» reitera el abierto desprecio que Von Trier ya ha mostrado por, lo que piensa, es el actuar de los humanos. Es un irregular fresco con un humor que tiende a desfallecer en la segunda parte, pero que, en el resultado general, aligera la cinta para que no sucumba a la histeria desplegada en cintas como «Dancer in the Dark». Una Summa Vontreriana que, como ya señala A. A. Dowd, da un repaso a su carrera y en la que, en más de un momento, se hacen ecos a filmes anteriores. El objeto de la cinta es contar, una vez más, la historia de una heroína que ha de aceptar cargar la cruz de su naturaleza en el hostil mundo en que infortunadamente ha tenido que existir.

«Ninfomanía» fue dividida en dos volúmenes, lo que parece haberse convertido en una mala jugada comercial para el genio de la publicidad que es Lars von Trier. Sin embargo, su división también tiene un claro elemento temático que separa con diferencia al primer volumen del segundo. Uno más ligero que el otro. El primero nos descubre a Joe (Charlotte Gainsbourg) en un callejón después de recibir una paliza. Seligman (Stellan Skarsgard) se apiada de ella y la lleva a su casa, la acomoda en su cama y la atiende. Como en las viejas fábulas, el inesperado encuentro es el pretexto para oír la historia de Joe, y como en las novelas, Joe divide su historia por capítulos. Y por si fuera poco, también como en la viejas historias, primero están los luminosos años juveniles y luego la terrible decadencia que viene con la madurez y la vejez, pero hasta ella no llega Von Trier.

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«Ninfomanía» es el relato de la adicción al sexo de Joe y es, de paso, el de la vida de ella. En el primer volumen en que se cuenta el inicio de la vida sexual de Joe (interpretada entonces por Stacy Martin); el tono es más cómico, tendiente a una farsa risueña. Vemos entonces su primer encuentro con Jerôme (Shia LaBeouf), su primer trabajo, travesías en que el sexo se va imponiendo como una necesidad para Joe. Pocos tonos amargos opacan esta primera parte, aunque de tanto en tanto aparecen, ya sea la muerte del padre de Joe (Christian Slater), o la llegada al apartamento de la protagonista de H (Uma Thurman), quien persigue a su marido, enamorado de la ninfómana. En constraste, el segundo volumen es más amargo y menos cómico. Con los años -de una manera tan abrupta como pocas veces se ha visto en el cine- la joven Staci es remplazada por Charlotte. La insatisfacción llega, la vida convencional harta a Joe. Paga por los servicios de K (Jaime Bell) para que la someta a prácticas sádicas. Con el tiempo, Joe se va marginando. Rechaza la obligación de asistir a grupos de apoyo para adictos y, finalmente, acepta el trabajo que le sugiere L (Willem Dafoe) como cobradora de chantajes para éste. Ya casi llega el final y la cinta de Von Trier, que al principio se veía tan festiva, ha virado a los temas en que ya ha sido, con sus ventajas y defectos, heredero de Strindberg y de Ibsen. En definitiva, el segundo volumen es una farsa triste. Ambos volúmenes comparten elementos, en todo caso; como el contrapunto que ocurre en el diálogo entre Seligman y Joe. Una narra y el otro comenta. Desde el principio, Joe va a subrayar que ella es una mala persona, desde el principio Seligman va a tratar de matizar las afirmaciones de la narradora. La solución no es una fácil reconciliación, sino más bien una broma de un director que verdaderamente está convencido de su pesimismo.

Es interesante que Von Trier se incline por hacer uso de una tradición literaria para el desarrollo de su cinta. «Ninfomanía», por momentos, es un estricto homenaje a la obra del Marqués de Sade, y Joe por momentos es Justine, y por otros, Juliette. La cinta tiene un aire ligero que la aleja de cualquier moralismo facilista y le añade un humorismo cruel e incluso macabro. Esta decisión le permite ahondar a Von Trier en el lugar que ocupa el sexo en la sociedad y en cómo la sociedad reacciona a éste. Así, el director le añade una distancia que permite elaborar un juicio, una distancia que otros llaman frialdad. La sexualidad que muestra Von Trier es como la que constantemente aparece en Sade, una que no procura excitar, sino que es parte constitutiva de los personajes que vemos (o hemos de precisar mejor, de los animales que vemos).

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El sexo que aparece en «Ninfomanía» es puramente necesario. No hay que justificarlo, y no hay que ver pasión en él. Joe se vuelve adicta y no lo puede dejar. Las escenas de sexo que pasan una tras otra no son sino la descripción que hace de ellas un entomólogo, y no un pornógrafo. Por otra parte, más que el sexo, a Von Trier le interesa cómo el sexo puede volverse un motor de poder, o una razón para marginar a quien es diferente. Dos escenas claves develan tal interés: en la primera, Joe declara en el grupo de apoyo para adictas al sexo que está orgullosa de ser ninfómana y no piensa dejarlo de ser; en la otra, Joe le revela a uno de las víctimas del chantaje de L -tras agotar todas las otras posibilidades- que en realidad es un pedófilo inhibido. Con lo escandaloso que puede sonar lo último, Von Trier muestra empatía por este hombre porque se trata de un personaje que ha soportado un deseo culpable y no lo ha llevado a la realidad. Como alumno de Sade, Von Trier busca, en estos comportamientos sexuales, mostrar a la sociedad en un espejo, que la convierte en un conjunto cerrado que no ha sido capaz de comprender la naturaleza de los individuos que viven en ella. Joe se convierte en heroína cuando se define como ninfómana y no acepta ser limitada a una adicta al sexo, y a pesar de que esto la convierte en sus mismas palabras en una mala persona, es más consecuente con su forma de ser. El par de dilemas que plantean estas dos escenas se relacionan con los comportamientos que nuestra sociedad -con buena parte de razón- ha censurado. El problema de la censura, la dificultad de discernir el bien y el mal, la sociedad como cárcel al aceptar actos moralmente execrables y negar otros; todo ello se encuentra en tramos de «Ninfomanía», y si en algo consigue ser exitoso el filme, es en traducir una tradición inventada por Sade y ajustarla a las contradicciones y circunstancias de la sociedad contemporánea.

No todas las herencias son tan afortunadas en «Ninfomanía», sin embargo. La relación que se plantea entre Seligman y Joe tiene ecos tanto a las parejas del tipo de Jacques y su amo. Mientras Joe hace de Sherezade, Seligman comenta sus aventuras comparándolas con la pesca, la polifonía musical y la historia del cristianismo. Se trata del mismo juego que en la Ilustración, Diderot usaba para que en sus novelas las ideas también se sometieran a las reglas lúdicas de la novela. Allí, su aparente certeza se veía bajo una luz que cuestionaba su veracidad y ampliaba nuestras perspectivas. En principio, «Ninfomanía» parece seguir el mismo principio, procura hacer de sus digresiones espacios para convertir la experiencia de un personaje en las evidencias de otros conocimientos, y cuya conexión no deja de tener un tono cómico. Los resultados no son siempre afortunados. En particular porque a veces el realizador cae en chambonerías audiovisuales. Von Trier ejemplifica las conexiones con imágenes concretas de los ejemplos: así que cuando Seligman habla un tipo de pesca, el realizador lo muestra. Uno se sentiría tentado a comparar a «Ninfomanía» con la empresa de la Enciclopedia, en el sentido en que crea un texto con imágenes para la formación de su lector. La provocación que esto entraña es evidente. Jacques el fatalista» o «El sobrino de Rameau» cuestionaban ya, con mayor lúcidez, a la misma empresa de la Ilustración. La reiteración de imágenes que explican, o de números que aparecen en pantalla cuando son nombrados llega al exceso. Por momentos, es un burdo chiste sin mayor alcance, por momentos tiene una relación más dramática con el relato de Joe.

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«Ninfomanía» se mueve entre lo que se puede llamar el cine explícito y el cine literal: uno que muestra todo sin censura alguna y otro que requiere de una imagen para cada objeto porque se ha perdido la cualidad de imaginarlo, igual que se ha perdido la posibilidad de inferir lo que no se ve. Vale anotar, eso sí, que convertir un drama sexual en una excusa para revisitar también lo que ha significado la Ilustración como herencia cultural es tremendamente ambicioso. Infortunadamente, a pesar de la brillantez de algunos segmentos, en «Ninfomanía» se hunde en una cinta desigual.

Von Trier reutiliza elementos de secuencias de anteriores filmes para crear sensaciones. Reinterpreta a su obra y la observa desde el ahora en que vive (que bien puede ser una transición de su carrera). Será mejor ahora que también se ilustre en esta reseña: En una secuencia se recurre demasiado patentemente a la primera escena de su «Anticristo»: de nuevo suena el aria de «Rinaldo» de Handel, de nuevo un niño juega por un balcón en un piso elevado con el peligro de caer. Se trata de una escena que fagocita a la obra anterior de Von Trier y que es entendida por el espectador que conoce la obra del director. El comentario de Von Trier es parecido a quien admira un corpus y cuyo comentario es referenciarlo. No ilumina en la mayoría de los casos, sino resume. Tanto que uno no sabe si se trata de una broma a la que tanto nos ha acostumbrado el cineasta, o si se trata meramente de una ausencia de ingenio. Paradójicamente, la cinta tiene todo para ser la película más ambiciosa de Von Trier, y en últimas, no aspira a ser sino un referente de otras cintas.

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Los excesos y defectos de «Ninfomanía» no deben opacar, no obstante, la importancia de la voz que representa Von Trier en el panorama de la cinematografía actual. Fiel a una visión, el cineasta danés ha configurado una película que repite rabiosamente esa diatriba en contra de una sociedad hipócrita que oculta sus crímenes y contradicciones. El momento en que Joe se declara ninfómana es equivalente a la rabiosa declaración que ha sido la filmografía del director. Una forma de mostrar la sociedad desde una óptica desusada en el mundo ligeramente fantástico, donde se ubican las cintas del danés. El director consigue realizar su radiografía sin caer en los típicos lugares comunes con que se envuelven los fracasos con que hemos aceptado convivir; nos hace aceptar sus manierismos y no los de una sociedad bien pensante.

Lamentablemente, la cinta va acompañada de una revisión admirativa de su propia obra que por momentos pasa, como cuando hace que Seligman se pronuncie en contra del Sionismo, pero que raya con cierta burda imaginería visual cuando parodia -supongo- el proyecto de la Ilustración. Es brillante en el conjunto que describe el drama sexual de una adicta al sexo y en el modo en que éste la convierte en una outsider, y sucumbe cuando se trata de observarse a sí mismo. Von Trier parece volverse acrítico en lo concerniente a sí mismo. Con todo ello, hay que celebrar esta ambiciosa «Ninfomanía», ya que demuestra cómo la peculiar visión de un director puede contribuir para descubrir con una vigorosa fuerza el modo en que la sociedad puede volverse en una trampa para sus propios individuos. Contudente por momentos, el filme se beneficia, en la mayoría de los casos, del diálogo que entablan Joe y Seligman, pero a veces se pierde en su garrulería, y en la garrulería visual de Von Trier. Para re-usar lo que se ha vuelto un lugar común en la crítica sobre «Ninfomanía», en algunas escenas, la última cinta parece una de las digresiones más débiles del director; en otra, una de las más fuertes. «Ninfomanía» es todo un Frankenstein, y ha de aceptarse con sus logros y sus fracasos. Lo mejor es sumergirse en ella para encontrar los tesoros que se hallan entre la baratija y la chatarra, para lo que ser un fanático de Von Trier puede ser de gran ayuda.

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Ficha Técnica:
Dinamarca, 2013, 117 min.
Título Original: “Nymphomaniac: Vol. I y II”.
Director: Lars Von Trier.
Guion: Lars Von Trier.
Reparto: Charlotte Gainsbourg, Stellan Skarsgård, Stacy Martin, Shia LaBeouf, Connie Nielsen, Christian Slater, Nicolas Bro, Jesper Christensen, Uma Thurman, Willem Dafoe.

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