Versus: «Abre los Ojos» (1997) – «Vanilla Sky» (2001)

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Era imposible no inaugurar esta nueva columna con dos de las cintas que más me han marcado en mi carrera de consumidor de fotogramas compulsivo. Una, por ser una de las mejores cintas de ficción suspenso que me ha tocado conocer, y la otra por ser una de las películas más repulsivas e intragables del planeta Hollywood. Curiosamente, la historia en ambas es exactamente la misma. Podrán imaginarse a cual de cada una corresponde esta descripción.

En 1997, Alejandro Amenábar (que digámoslo, de chileno sólo tiene a su padre y, por legalidad, la doble nacionalidad, y paramos de contar) dirigía su segundo largometraje, escrito por él junto a Mateo Gil (“Nadie Conoce a Nadie”). La cinta llevaba por nombre “Abre los Ojos” y la historia resultaba absolutamente perturbadora: César (Eduardo Noriega), un tipo de buen vivir y de gran arrastre con las mujeres, se enamora en una fiesta de Sofía (Penélope Cruz), amiga de su mejor amigo Pelayo (Fele Martínez). Al retirarse, su despechada ex novia ocasiona un accidente en el que César resulta con su rostro completamente desfigurado. Tras esto, César comienza a vivir una pesadilla en donde la línea entre los sueños y la realidad comienza a hacerse cada día más delgada.

La cinta nos traslada, luego de un comienzo absolutamente convencional, a un mundo lírico en que la tragedia se mezcla con la fantasía, en donde conviven personajes confusos, sumergiéndonos en las posibilidades del tiempo y el espacio, jugando con el espectador y materializando los sueños del protagonista en una realidad que ni César ni nosotros queremos que regrese.

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El resultado es una obra magistral en todos los sentidos, revolucionando los métodos narrativos mediante el concepto de la subjetividad, abriéndonos paso entre las infinitas posibilidades que nos ofrece el cerebro humano y haciéndonos cuestionar la superficialidad de la vida versus el real valor de lo esencial. Y lo más importante, llevándonos hacia un desenlace justificado, donde agradecemos, guardamos silencio y tragamos la última gota de saliva tras los créditos finales. Súmele a esto actuaciones deslumbrantes, una banda sonora de excepción y una dirección casi conmovedora, y obtendrá lo que es -para quien escribe estas líneas- una película redonda, casi pretendiendo mejorar el modelo aritmético de Da Vinci.

Cuatro años más tarde, nos enteramos que Cameron Crowe (“Jerry Maguire”, “Almost Famous”) junto a su buen amigo Tom Cruise, habrían comprado los derechos y pagado una buena suma de dinero a Amenábar para realizar lo que sería la versión norteamericana de “Abre los Ojos”. La cinta se tituló “Vanilla Sky” y la produjo y protagonizó (era que no) el propio Cruise junto a la que, en ese entonces, era su pareja de turno: Penélope Cruz. El primero haciendo el papel que realizara Noriega, mientras que la española repetía el papel que ella misma había interpretado como Sofía en la cinta de Amenábar. Inusual, por lo bajo.

¿El resultado? Un producto desechable, con fecha de vencimiento, y una de las actuaciones más insufribles y patéticas de la que se tenga recuerdos en los más de 100 años de cine. Crowe se encargó de repetir la fórmula de manera exacta, incluyendo planos calcados y diálogos literales, lo que no resultaría un delito si no fuera por la forma en que abordó la historia original -repleta de personajes alucinantes envueltos en una atmósfera angustiante-, con actuaciones exageradas, obviando detalles que resultan claves para el desarrollo de la trama y, lo principal, restándole protagonismo al suspenso y centrándose en la historia de amor que, en la original, es tan sólo uno de tantos condimentos.

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Muchas pueden ser las intenciones de un director por encargarse de un remake y muchas las maneras de cómo hacerlo. En el cine norteamericano, la principal razón, por lo general, es la de revitalizar una historia interesante dejando de lado gran parte de los detalles, que le dan la esencia al film original, para centrarse en el argumento y en las actuaciones, con el fin de ahorrarle trabajo al espectador, subestimarlo de paso, y entregarle un producto masticado (y, por cierto, pre aprobado). Ejemplos hay muchos, si no es que TODOS los éxitos europeos de la última década. Dicho esto, “Vanilla Sky” es el emblema.

Toda la nostalgia y emotividad conseguida por Amenábar en “Abre los Ojos”, desaparecen en este re visionado de actuaciones planas, sin ningún ápice de alma ni de corazón y del que sólo queda el esqueleto, y que únicamente pretendía vender una historia apasionante al poco exigente mercado del país del norte, con la pareja del año en la carátula. Probablemente, uno de los peores crímenes que se tenga conocimiento en el mundo del cine. Crimen en el que Amenábar no pudo acusar a nadie luego del portentoso fajo de dólares que Cruise le puso sobre la mesa. Y, probablemente, también no sería una pésima película si la historia hubiese sido del propio Crowe, pero esta copia es MALA con mayúsculas y, para mal del director, sólo tiene sentido su existencia gracias a la original, por lo que bien válidas sean las comparaciones.

En una próxima entrega, espero no maltratar tanto al remake, pero Crowe se lo merecía, y aunque ni él ni su actor favorito -el de sonrisa Opus Dei- me lean, alguien tenía que decírselos.


 





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