ZOOM IN: Sam Mendes y un lugar donde quedarse (Parte 1: Ver o sentir)

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“Tiene un ventanal, por supuesto. No hay forma de escapar de eso”, dice April cuando visita la que más tarde será su casa. “No creo que un ventanal vaya a arruinar nuestras personalidades”, le contesta su marido en un hermoso plano de ambos  abrazados que no quedó en el montaje final, pero sirve para reafirmar que «Revolutionary Road» es una cinta de visiones: la que los personajes tienen de sí mismos se suma a la manera en que los percibe el resto y ambas se mezclan (o se contraponen) con lo que  socialmente se entiende por ser una pareja feliz.

Mendes y el guionista Justin Haythe también definen su mirada sobre la novela de Richard Yates al arrancar la historia con un flashback que nos presenta a April como una atractiva estudiante de actuación para, tiempo después, mostrarla en un papel que no le sale, en un escenario que no es el suyo y frente a un público que la califica de decepción. Es, metafórica y literalmente hablando, una mala actriz en un mundo que exige tener un  determinado rol, nos gritan desde el minuto uno para que sigamos el relato como un despiadado combate de ilusión versus realidad, que funciona perfectamente tanto a nivel temático como narrativo. Ella aparece como la chica (sin talento para fingir) que encuentra en aquel bar a su perfecta otra mitad: el tipo cuyo plan es sentir las cosas realmente. Ambos comienzan su andar en el barrio Revolutionary Road durante los años 50, llevan ruedas hasta en su apellido pero se quedan estancados en los cubículos y lavaplatos del deber ser.

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El resto es conocido (y si no, no siga leyendo): un viaje a París como vía de escape, un embarazo de excusa para quedarse. La comodidad palmoteando la espalda, la verdad disfrazada de locura. La necesidad de pensar de April versus las nebulosas de Frank.

Es curioso que el nombre de su director -hoy a cargo de «Skyfall», la nueva entrega de James Bond- suele venir acompañado, a modo de advertencia, de su bagaje  teatral, pues si bien es cierto que condiciona su metodología tras las cámaras; hay pocos filmes a los que la pantalla grande le hace tanta justicia como a «Revolutionary Road». Su dirección convierte miles de palabras de la brillante novela de Yates en “un par de grandes tomas”, pues su trama no transcurre, sino que ahonda, escava, hiere en un contrastante antes y después. Los actores están en un registro que los desafía a llevar la complejidad de sus caracteres en sus facciones y ese amor por los primeros planos, ese acceso a los rictus, a la mirada llorosa, a las más profundas cicatrices es un rasgo cinematográfico. No es teatro hecho cine, no está proyectada para que la vean y escuchen los de la última fila, sino todo lo contrario.

El cineasta, al igual que Rick Fitts -el entrañable personaje de «American Beauty»– registra lo que sucede a través de los reflejos del espejo, la sombra de la pared o la ventana. La primera claraboya escogida es la del pasado y los que están ahí son April (Kate Winslet) y Frank (Leonardo Di Caprio) conociéndose, iniciando su vida juntos; pero será el presente el que dirá que ellos también son miles de parejas contemporáneas o aquel matrimonio que conocías pero ahora, por más que los miras, no sabes quienes son.

Roger Deakins Revolutionary Road

Es que el presente los muestra en un bar donde ya no se distinguen; son uno más entre la multitud. April fuma demacrada -no bella-, Frank luce superfluo e infantil –no encantador-, “¿Sólo querías irte?” pregunta el vecino Shep, todo un monumento a la simpleza. ”Quería regresar (…) Toda nuestra existencia se basa en la premisa de que somos especiales y superiores al resto. Pero no lo somos. Somos como todos los demás.», contesta la protagonista antes de decir “Hagámoslo” y empezar su último baile en una secuencia que se torna desgarradora en cuanto le exige a su cuerpo sentir, girar, desear… en vano. El metraje continúa; la vitalidad no. Lo que sigue es el final pues “Sólo un sueño” (su título en español) es eso, la gran película sobre los movimientos ilusorios.

Me detengo en ese momento específico (y sus vínculos con la primera escena en que Frank y April bailan) para dejar claro que «Revolutionary Road» está inclinada hacia April; lo que Mendes y la inconmensurable actuación de Kate Winslet hacen es defender sus postulados hasta la muerte. A sus ojos el rostro de ella está en primer plano y el resto desenfocado: ella es la heroína; su marido es el cobarde que se deja atrapar. Los realizadores leen a Yates de esa manera: simplificando la carga de la época a unos cuantos simbolismos y roles secundarios, reduciendo el pasado de Frank, dejando la nota que lo exculpa para el “deleted scenes” del DVD. No creo que eso sea un error; pues adaptar y dirigir literatura es hacerla propia. Es releer: cortar, subrayar, odiar o amar pasajes del texto y optar.

Así, ellos eligen dejarnos frente a un rectangular con forma de casa y a un par de luchadores que protagonizan uno de los (des)enmascaramientos más escalofriantes de los que el cine haya dado cuenta. Sustituyen al narrador del libro por una iluminación que va de la luz blanca-fría al contraluz; DiCaprio parte el filme vestido de traje como todos y Kate Winslet dándose cuenta que lleva demasiado maquillaje, pero terminan –mediante un extraordinario trabajo de fotografía a cargo de Roger Deakins– desnudos, imperfectos, desencajados.

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El guionista versiona la novela formando un cuadrilátero en que la sangre pasa de correr por las venas a manchar el suelo, pues el aborto de su protagonista es la metáfora perfecta para hablar de una hombría que no es tal y un estilo de vida fecundado a la fuerza. Y no me refiero sólo a las capacidades de Frank, sino también a las de una sociedad completa simbolizada en las dos escenas de sexo del filme brillantemente dirigidas. La primera implica la promesa y la segunda, la renuncia; juntas instalan como tema la imposibilidad de que el amor vaya de la mano de los sueños.

Mendes hace de «Revolutionary Road» una historia propia en cuanto trata (al igual que sus otras cintas) sobre la monstruosidad que oculta la belleza, los miedos que paralizan y las paredes que encarcelan. No en vano la película empieza con una mala obra de teatro y finaliza con la señora Wheeler entregándole una gran actuación a su marido a modo de despedida: el papel de la esposa ideal.

Claro que esta vez no hay telón ni comentarios de vecinos; sólo la pantalla convertida en aquel ventanal del que no se puede escapar y el espectador saliendo del cine con el  dolor de April incrustado en el cuerpo, caminando con el terror de que afuera haya una luz que ya no le haga lucir especial.


 





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