CRÍTICA: «Sal» (2012) de Diego Rougier, mientras Ford y Leone se sacuden en sus criptas

SAL

Con Avant Premier en Concepción, Santiago y Antofagasta una semana antes de su estreno a nivel comercial, se promovió esta nueva producción nacional. “Sal” es el primer largometraje del argentino radicado en Chile, Diego Rougier, director de “Casado con Hijos” y “La Colonia”, ambos emitidos por la señal de Mega, y llega precedida de un importante prontuario a nivel internacional: Mejor Western en el Festival Internacional de Cine de Houston y Mejor Película en el Festival Internacional de Cine de México, además de continuar en pleno circuito por otros importantes eventos al otro lado del mundo. Distinciones de sobra para asistir al cine y comprobarlo en terreno.

Resulta importante destacar que “Sal” no es precisamente el primer western de factura nacional, como mucho se ha comentado, pero hay que ser justos y certeros con la información. Ya en 1968, Alejo Álvarez daba el puntapié inicial al género en nuestro país con “Tierra Quemada” y posteriormente con “El Afuerino” (1971), entre otras clásicas producciones.

La película, filmada en el Desierto de San Pedro de Atacama y que tardó cerca de cuatro años entre producción y rodaje, tiene la particularidad además de estar protagonizada por el español ganador del Goya, Fele Martínez, al que conocimos en “Tesis” (1996) y “Abre los Ojos” (1997) de Amenábar, “Los Amantes del Círculo Polar” (1998) de Julio Medem, “La Mala Educación” (2004) de Almodóvar, entre otras. Es Martínez quien interpreta a Sergio, un director de cine español obsesionado con la idea de realizar un western, el cual ya tiene escrito, pero por el que poco apoyo recibe de productores conocidos. Es entonces que decide viajar a Chile, al desierto más árido del mundo, en busca de inspiración y la posibilidad de conseguir su objetivo. Sin embargo, en cuanto pisa suelo nacional, es confundido con Diego, un chileno desaparecido con deudas que pagarle a Víctor (Patricio Contreras), el tipo poderoso del lugar, siendo Sergio perseguido, amenazado y obligado a vivir una aventura impensada, convirtiéndose en el protagonista de su propio guión.

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La cinta parte de una manera muy correcta, presentando poco a poco a los personajes e introduciéndonos a Sergio, con imágenes filmadas en España -aunque predominan los interiores- para pasar rápidamente a Chile, y metiéndonos de lleno en la trama principal, con apariciones de personajes menores, extras, y el grueso del resto del elenco, que van dándole forma a la historia que ya en sus primeros minutos comienza a tornarse excesivamente predecible y a posicionar a los distintos elementos/personajes como tópicos de un film inspirado en la soledad del desierto (a falta del lejano oeste). Conocemos a Víctor (Patricio Contreras), el más temido de los habitantes de la zona; a María (Javiera Contador), su mujer y femme fatale de la historia; a Héctor (Gonzalo Valenzuela) y a Pascal (Luis Dubó), ambos como mano derecha de Víctor; y al Viejo Vizcacha, (Sergio Hernández), el sabio y respetado del pueblo. Y es aquí donde violentamente, la cinta comienza a caeren picada libre sin que nadie consiga salir al paso y sacarla a flote.

Si bien el hilo argumental de la película ofrece la posibilidad de regalarnos personajes interesantes, enfrentamientos a sangre fría, frases inolvidables, pasión, e incluso referencias a otras cintas (las que siempre se agradecen cuando son bien tratadas), sólo se queda en las buenas intenciones envolviéndonos en un embrollo del que sólo queremos salir. Las interpretaciones teatrales y la falta de convencimiento y compromiso con cada uno de los personajes terminan siendo abusivas, al punto de ser imposible olvidarnos del nombre real de los actores. Salvo Dubó y Jaime Omeñaca (papel corto, pero preciso), la cinta pierde peso con la falta de capacidad interpretativa de los actores y esto, en un western, donde la piedra angular son los diálogos, las miradas y los respiros, no se perdonan. Al punto que en una película con tan pocos personajes, que el propio director haga un cameo con parlamento incluido, no pasa desapercibido, menos aún si no se tiene ni una pizca de talento actoral, pasando a ser un mal chiste en una película que pretende totalmente lo contrario.

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Hay algo que es y será siempre fundamental en la realización de un western, y es la participación de secundarios, cuya primera y única función es potenciar tanto al protagonista como a su antagónico, elemento del que carece “Sal” o, al menos, falla en su intento por lo antes mencionado.

Aunque no se le saca el máximo provecho a una locación tan sublime y mágica como lo es el Desierto de Atacama, el uso de la cámara y la fotografía son quizás lo más destacado del film, dentro de lo que se puede rescatar. Se aprecia la mano de Rougier en la dirección de actores (tantos capítulos de sitcom en el cuerpo, valen) y la edición es certera, apoyada fuertemente por la banda sonora a cargo de la banda nacional Silvestre, que demuestra la madurez que han conseguido en el sonido, capaz de levantar un film que por momentos se cae a pedazos, producto de la falta de sangre en el cuerpo a la hora de interpretar, el desaprovechamiento de clichés, y la utilización de la comedia como recurso a favor de los personajes y no a disposición de los requerimientos de la historia (si alguien me justifica la aparición de Fernando Godoy en la cinta, se lo agradecería bastante).

Siempre me he preguntado si los actores, e incluso, los propios directores, son lo suficientemente objetivos para criticar un trabajo propio y reconocer si un resultado es de calidad, bien logrado y bien actuado, o no. Me cuesta trabajo creer que Fele Martínez, con su vasta trayectoria, sea capaz de aplaudir de pie una película que ofrece demasiado, pero que termina entregando lo mínimo, más allá de lograr cautivar a cierto grupo de espectadores entretenidos por ver en la pantalla grande a actores reconocidos, con los que empatizan gracias a otros papeles de sus carreras, y no por estos.

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Finalmente, de western tenemos tan sólo el desierto, un par de sombreros y pistolas de largo cañón. Un intento que podría haber conseguido otro resultado si tan sólo hubiera importado retratar lo que realmente significa la palabra “western”, ese mismo significado que Ringo Kid (John Wayne) en “La Diligencia” (1939) tenía en mente cuando se enfrentó a todos esos indios, o la entrega de Joe (Clint Eastwoood), capaz de enfrentarse cara a cara contra los Baxter y los Rojo a la vez en “Por Un Puñado de Dólares” (1964) tan sólo por dinero y el amor de una mujer. Hablamos de un western, ese que al finalizar sólo queremos salir a disparar, besar a la mujer del otro e irnos cabalgando sin destino con nuestra conquista rebosando de amor arriba del caballo. Y no hablo de clichés ni estereotipos, hablo de la mística, hablo del corazón de hierro que un director debe tener a la hora de querer filmar una historia llena de sal, pasión y venganza y que, en esta ocasión, a Rougier se le quedó en las oficinas de Santiago.

Larga vida a John Ford y Sergio Leone por su legado. Y sólo ofrecerles tranquilidad, que al menos aquí, en este lado del mundo, todavía tenemos mucho camino por recorrer, con un western como este, con tan poca sed de western, como pocos.

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Ficha Técnica:
Chile/Argentina/España, 2012, 114 min.
Título Original: “Sal”.
Director: Diego Rougier.
Guion: Diego Rougier.
Reparto: Fele Martínez, Luis Dubó, Patricio Contreras, Gonzalo Valenzuela, Sergio Hernández, Javiera Contador, Fernando Godoy, Jaime Omeñaca, Carolina Paulsen.

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CRÍTICA: «Sal» (2012) de Diego Rougier, mientras Ford y Leone se sacuden en sus criptas

  1. Tienes razón, esta primera película chilena de Western no le supera nada a las verdaderas peliculas de Western.
    La escena final es la peor de todas, es que el protagonista termina siendo asesinado, y yo me pregunto ¿Qué aprendimos al final? Nada, o sea, todo se fue a la Mierda.
    Esta Película no fue buena, más bien «Regular», si hubiera cambiado el final por algo mejor, llegaría a ser buena, pero no, eligieron un final pésimo.

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