ZOOM IN: La huella digital de Alberto Fuguet

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“Es difícil mirarse al espejo”, le dice Cordelia a Gastón en una de las mejores secuencias de «Se Arrienda» (2005). Ambos se ríen porque están precisamente frente a uno, conversando en el baño sobre la imposibilidad de pedir coherencia (a sus amigos de juventud); es decir, hablan sobre cambios ajenos mientras el reflejo le muestra los propios.

Ariel Roth –el protagonista de la segunda película de Alberto Fuguet–  no se mira en nada ni nadie, parece tener demasiado claro quién es. Prefiere ver las historias de otros en su notebook, discutir perspectivas ajenas, dejarles las preguntas a su voz en off. Tal vez, su verdadero reflejo rueda por esas calles de Santiago, bellamente fotografiadas… y se queda ahí, como una sombra, esperando formarse con el amanecer.

En «Música Campesina» (2011), Alejandro Tazo está rodeado de cristales, literalmente (y no tanto). Su deambular es frágil, incierto, errático. Las habitaciones de hotel lo reflejan tal como los departamentos vacíos lo hicieron con Gastón, el sonido de sus botas recorre Nashville, oficialmente la cuna del country y cinéfilamente, el sitio en que River Phoenix rompió el corazón de Samantha Mathis hasta diluirlo en tinta negra y melodía en la entrañable cinta “The Thing Called Love” (1993).

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En «Música Campesina», Nashville tiene muchas vidrieras que se empañan con el aliento, que se desdibujan a dedo y que a Alejandro le devuelven una imagen confusa de sí mismo. Está lost in translation. No sólo no entiende del todo el idioma, sino que también se le escaparon cosas cuando tradujo la real personalidad de su polola americana; parte de lo que significaba la relación, se perdió cuando intentó transcribir lo que se entiende por “la mujer de mi vida”. Sin ir más lejos, hasta la traducción del título del film no es exacto: “Country Music” equivale a “Folclore”, ha aclarado el autor.

Así, “Country Music” recurre al viejo tópico del “extraño en el mundo” para configurar una entrañable película de perspectivas propias y ajenas, que entrecruza la mirada de Tazo sobre las costumbres estadounidenses con los prejuicios que suelen caer sobre los sudamericanos como él, que mezcla la imagen icónica/ turística de Nashville con la visión del lente de Fuguet, que cruza el silencio de su personaje con una sensible banda sonora, que junta a su antihéroe con extras que en realidad no lo son. Con extras que protagonizan su propia vida fuera de campo.

La Nashville de Fuguet tiene una identidad fuera del estereotipo, una sin sombreros cowboys ni vestimenta a lo Johnny Cash; sino con unos adolescentes tardíos que conocen a Altman y el cine los ’70, pero parecen sacados de una (buena) película de Richard Linklater, con calles semi vacías y un kiosco de comida rápida donde se habla español.

En su ciudad hay más silencio que música, más tarareos que cantantes, más dudas que certezas; más balbuceos que palabras, más tomas que discursos, menos qué hacer y más baldes repletos de hielo. Mucho sujeto y casi nada de predicado.

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Los planos, al igual que los pasos de Alejandro, no tienen apuro. Se suceden, buscan por los costados y se mueven como sus ojos: marginales esperando encontrar un punto de orientación.

En esa ciudad, Alejandro toca guitarra pero le falta para considerarse músico o letrista. Es trabajador pero “le falta para ser una contratación fiable”. Sabe inglés pero a veces le cuesta entender y que lo entiendan. Tiene roomies y un porche a lo Eastwood que “le encanta”, pero nunca se siente como en casa. Alejandro toca fibras más que acordes. Si aún no lo conoces, sabes dónde está.

«Música Campesina» es sobre un perdido que no quería perder. Un perdido inserto en una cultura demasiada acostumbrada a ganar. Un niño demasiado adulto para quedarse pegado jugando, pero un adulto lo suficiente niño para seguir creciendo.

«Música Campesina» trata sobre ilativos (in)alcanzables, traducciones ineficaces versus lenguajes corporales/cinematográficos universales.

«Música Campesina» trata sobre un desarraigado orgulloso de sus raíces.

«Música Campesina» va sobre cada uno de nosotros, porque trata sobre buscar un punto fijo (y la capacidad de encontrarlo mirándose al espejo).


 





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