Publicado el 14 de sep de 2011 | Sección: Columnas, Zoom In. | Visto 416 veces
“Si vas para allá, podemos ir juntos”, le dice Luchi a Nico en “Como un Avión Estrellado” (2005), el segundo largometraje del cineasta argentino Ezequiel Acuña. La sugerencia es casual, la chica va saliendo de la Veterinaria con su conejo de mascota y él va en busca de alguien que le cambie un billete, su vida y el orden de las cosas.
“Si vas para allá, podemos ir juntos”, es también una línea que sirve para resumir el espíritu de la filmografía de Acuña que se empeña en seguir con su cámara los recorridos de sus personajes, e incluir al espectador en cada caminata de “Nadar Solo” (2003), en cada ralenti de “Como un Avión Estrellado”, en cada conversación incómoda de “Excursiones” (2009) y dejar que este los acompañe como un testigo silencioso, cómplice y/o enjuiciador. Es decir, lo invita a ser un miembro más de la pandilla que, desde el otro lado de la pantalla, se reirá con las bromas, a ratos pensará “sos un boludo” o “está bueno” , y la mayoría de las veces constará que una canción en el momento justo vale más que mil palabras.
“Si vas para allá, podemos ir juntos”, resume la dicotomía que más le gusta a Ezequiel Acuña como guionista. Sus películas están protagonizadas por sujetos que nadan solos, que se hunden o llegan a la orilla de la mano de alguien especial. El suyo es un cine de (des)conexiones humanas y eléctricas, lleno de coincidencias, amplificadores, audífonos y bandas sonoras que se (des)enchufan del mundo exterior.
Con elecciones estilísticas que recuerdan al mejor cine de Gus Van Sant -uso de ralentis, planos que parecen trazos, narración en sinécdoque- y sin aires de sofisticación, la mano de Acuña planea con cariño sobre sus personajes caídos: los arropa con música que los identifica, los llena de silencios o le roba miradas inequívocas. Trasciende temáticas universales (chico desmotivado conoce a chica especial, jóvenes sin rumbo se evaden y deambulan…) y las despoja de todo sentimentalismo efectista, convirtiéndolas en historias entrañables, detallistas y propias.
Convencido que cada vez que se dice “no pasa nada”, lingüísticamente se está señalando que algo sucede; sus dos primeros filmes tratan de adolescentes en busca de algo que no se define expresamente, pero el espectador sabe perfectamente qué es. Tanto Martín como Nico, sus protagonistas, están marcados por la pérdida y la ausencia; el entorno les resulta ajeno e irrelevante, y la palabra que define la relación con sus familiares es incomprensión, por lo que deben caminar hasta encontrar sus propios referentes y métodos de aprendizaje o reinsertación.
En “Nadar Solo”, aquello está marcado por el traslado de Martín a Mar del Plata a recolectar información sobre su hermano (que se fue sin dejar rastro) y por las conversaciones con una chica que algo sabe acerca de esa sensación de no-lugar que recorre la filmografía de Acuña. En “Como un Avión Estrellado” un viaje a Valdivia será el momento de asimilar el estado de las cosas: cerrar heridas pasadas para abrir otras nuevas. En los tres filmes el agua estancada representa el agobio, y el mar aparece como una puerta de escape, símbolo de transformación, liberación y renacimiento.
Ahora, si en esas películas la adolescencia es el momento de crisis per sé, en su tercer largometraje -“Excursiones”- es una especie de paraíso perdido. La cinta narra el reencuentro de dos ex amigos treintañeros, Marco y Martín, que reanudan conversaciones cuando el primero intenta que el segundo le ayude con la realización de un unipersonal teatral. Este nuevo Martín dentro de la filmografía de Acuña escribe para televisión, mientras que su ex compañero de colegio estudió actuación pero trabaja en una fábrica.
El proceso escritural y los afinamientos de la puesta en escena abrirán el paso a un abanico de miradas, silencios incómodos, y palabras vacías entre ambos para que poco a poco el televidente conozca quiénes son (y quienes eran) estos dos chicos, antes inseparables. Será la manera con la cual Acuña abordará la adolescencia entendiéndola como una etapa dolorosa (no exenta de patetismo) pero llena de ilusiones y amistades genuinas versus una adultez guiada por la competitividad, las relaciones por compromiso, el tráfico de influencias y los egos impostados. Marco está atascado en ese pasado púber en que todo le andaba mejor: hace constantes alusiones a la época escolar y sigue en contacto con sus compañeros, Martín parece haber cortado con ello de raíz, pero no por eso luce más conforme con su estado actual, y a su alrededor gira Ignacio, un chico que sólo vive el presente: ensayar con su banda y tocar.
Así, “Excursiones” es un viaje de redescubrimiento mutuo, una película sobre la amistad masculina articulada desde la idea que las personas cambian menos de lo que creen y suelen crecer a punta de tragedia, silencio y huída. Pero también es una divertida parodia del snobismo artístico-cultural, una comedia, repleta de ironía y autorreferencialidad, sobre la forma de contar una historia. Es que mientras “Nadar Solo” trata sobre el poder de lo no- dicho, “Excursiones” se centra en la importancia de la palabra empeñada, escrita u oída. Filmada. Esa que cuando dice la verdad duele, aleja y engaña; pero que también, dicha en momentos claves, puede regalar un sentido, reconfortar a quien la escucha y ayudarlo a sanar. Es que, al igual que ese mp3 que lleva años en tu reproductor de música y que ninguna moda podrá remover, las películas de Ezequiel Acuña caminan contigo y te dicen cosas, según el volumen en que las quieras escuchar.
La filmografía completa de Ezequiel Acuña disponible en www.cinepata.com.