Publicado el 30 de jul de 2011 | Sección: Columnas, Zoom In. | Visto 632 veces

En estricto rigor, no tiene mucho sentido escribir detalles sobre la filmografía de la cineasta salteña Lucrecia Martel, pues sus películas son una experiencia fílmica y sensorial insustituible. En ellas, las palabras escasean, los planos inquietan y, a menudo, los adjetivos para calificarlas se hacen insuficientes.
“La Ciénaga” (2001), “La Niña Santa” (2004) y “La Mujer Sin Cabeza” (2007) son verdaderas clases de lenguaje cinematográfico con especial énfasis en el tratamiento del sonido como un actante más dentro de la escena, y en un eficaz uso del fuera de campo.
Pero al contrario de lo que podría creerse, no hay detrás de su pulcro trabajo alardes estilísticos vacuos, sino una concepción del cine como artesanía. En sus tres filmes la realizadora y guionista pone todo su talento al servicio de los pequeños detalles que en cadena construyen la historia de una persona, y por añadidura, la de una familia, un país, una sociedad y la de su propio universo autoral. Todos sustantivos que aparecen separados por líneas difuminadas y/o transgredibles.
El mundo narrativo de Lucrecia se divide en clases sociales y morales que residen en Salta -locación de sus filmes- y lo habitan personajes realistas y febriles que se mueven en lo cotidiano, pero coquetean con lo onírico; que encuentran certezas en el caos o lucidez en la locura… y sólo exudan verdad en la satisfacción instintiva del deseo.
En su última cinta, “La Mujer Sin Cabeza”, la directora argentina mantiene su sello, vuelve a asociarse con excelentes actrices que, mediante un registro minimalista y contenido, dan vida al mundo escalofriantemente rutinario y claustrofóbico en el que se mueve Vero, su protagonista. La talentosa actriz Maria Onetto es quien interpreta a la mujer que “pierde la cabeza” luego de atropellar con su auto “algo que no sabe muy bien qué es”.
El hecho gatillante de la trama la sitúa en un estado mental ausente, por lo que su accionar posterior se tornará mecánico e inerte, viéndose obligada a participar de un entorno que le es cada vez más ajeno. “Maté a una persona en la vía”, dice, mientras su marido la convence de que fue un perro. Es que a medida que las consecuencias del accidente se hacen más evidentes para ella, las huellas del mismo comienzan a ser borradas por su entorno protector. Así, la mano de Martel obliga al espectador a seguir un periplo de múltiples alcances metafóricos, culturales y políticos que hablan de una sociedad con memoria selectiva, de un sistema que carga con víctimas sin nombre y nos recuerda que la negación es una poderosa herramienta para acomodar la realidad a nuestro favor.
Toda una variedad de temas que convergen en otro de los tópicos recurrentes de su autora: el hombre como un constructor cultural; es decir, un ser cuya conciencia es una página en blanco llenada por una serie de pautas y prejuicios provenientes de la religión, la familia, la condición social y la educación. Elementos que constantemente enajenan, sesgan nuestra visión de mundo y que algunos se atreven a denominarla “verdad”.
FILMOGRAFÍA DE LUCRECIA MARTEL.
Acabo de ver hace unos días, gracias a un regalo desde la misma República Federal, “La Ciénaga” (2001). Una película que hace ver el por qué está en la primera entrega de esta columna. Excelente directora que a los que gustan del cine de autor, se llevarán una grata sorpresa.