CRÍTICA: “Ágora” (2009) de Alejandro Amenábar, un viaje fascinante a la vieja Alejandría

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Es clásico el chiste nacional que en cada lugar del mundo uno siempre se topa con un chileno. Menos típico, eso sí, es el encontrarnos con compatriotas triunfando fuera de nuestros límites geográficos. Alejandro Amenábar es uno de esos chilenos. O bueno, casi. Hijo de madre española y padre chileno, Amenábar nace en Santiago en el año 1972, pero abandona el país junto a su familia al año siguiente, estableciéndose desde entonces en España y desarrollando la totalidad de su carrera en dicho lugar. Conocido por películas como “Tesis” (1996), “Abre los ojos” (1997) o “Los Otros” (2001), su última entrega es una ambiciosa producción de época que relata la historia de una importantísima filósofa de la antigüedad.

Recientemente estrenada en las salas locales, “Ágora” (2009), nos transporta a la Alejandría del siglo IV D.C. para introducirnos en la vida de Hipatia (Rachel Weisz), hija de Teón (Michael Lonsdale), quien fuera la primera mujer en dedicarse tanto al campo de la filosofía como a la realización de importantes contribuciones para el mundo de la ciencia. Considerada como una de las grandes intelectuales de su época, Hipatia es recordada también por su trágica muerte, ocurrida supuestamente en manos de una horda de cristianos que veían en ella una amenaza, tanto política como religiosa, producto de la amistad que sostenía con algunos de los más importantes hombres de aquellos años, sobre quienes ella ejercía gran influencia.

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Presentada como una mujer fuerte, el filme de Amenábar no titubea en situar a Hipatia como una especie de “protofeminista asexuada” que no está dispuesta a sacrificar su ciencia por el amor o el placer y que, tal como su propio padre afirma, encontraría sólo la muerte en el sometimiento del matrimonio. Memorable es el momento en que le obsequia su sangre menstrual a Orestes como respuesta a su declaración amorosa (algo que se dice ocurrió realmente), en un afán de ironizar acerca de la belleza y la armonía que él supuestamente ha encontrado en ella. En efecto, históricamente se ha presentado a Hipatia como virgen, pese a que ciertas fuentes históricas la sitúan como la esposa del también filósofo Isidoro. Famosa por su adhesión al paganismo (o más aún, su probable ateísmo), las causas de la muerte de Hipatia han sido habitualmente relacionadas con la tensión religiosa imperante en aquella época.

Es dicha problemática espiritual la que en “Ágora” se constituye como uno de los puntos neurálgicos de la trama, estableciéndose como una de las más impactantes características de la cinta, tanto a nivel argumental como visual; representada con bastante crudeza, el director no vacila en utilizar violentas imágenes de muertes, decapitaciones y asesinatos para reflejar las sangrientas batallas que “en el nombre de Dios” se llevaron a cabo durante aquellos años. Por otro lado, y en contraposición a todo el horror, las imágenes de la Alejandría antigua presentadas en esta mega producción de Amenábar destacan, sin duda, por su belleza. Con una gran producción de época que se luce vistosamente en cada una de sus escenas y una excelente ambientación mostrada en una variedad de planos generales y tomas aéreas, las expectativas técnicas puestas en este filme se dan por satisfechas. En términos actorales, destaca por sobre todos la representación de Rachel Weisz, quien se roba la pantalla. El ímpetu con que dedica sus días a la contemplación del firmamento, o el modo vehemente en que defiende sus creencias, por ejemplo, son transmitidos a cabalidad en su rol, el cual, sumado a la belleza de la actriz (atributo que Amenábar aprovecha con constantes delicados primeros planos de su rostro), hacen de su encarnación de Hipatia un personaje absolutamente delicioso.

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En cuanto a la conformación del relato, en tanto, mucho se ha hablado acerca de la falta de precisión histórica presente en “Ágora”, criticándose las licencias que Amenábar pudo haberse tomado para la realización del filme. Asuntos tales como que Hipatia era ya de edad avanzada para aquella época y por ende lejana a la belleza de la protagonista de la cinta, por una parte, o que el director llevó al límite el comportamiento de los cristianos en un afán personal de condenar sus prácticas religiosas por otra, son sólo algunas de las acusaciones que se han hecho en contra de esta producción.

Es preciso señalar, sin embargo, que si bien el relato presente en “Ágora” se haya conformado a partir de un hecho histórico, éste se encuentra claramente adornado por construcciones ficticias, las cuales pese a haber sido motivo para juzgar a Amenábar por su falta de exactitud, emergen en realidad como una forma de involucrar a un nivel más profundo al espectador con la historia, sobre todo desde el punto de vista emocional. Indiscutiblemente, una de las líneas que cruza el relato con mayor fuerza es la relación de amor/desamor existente entre Hipatia y su esclavo Davo (Max Minghella) o, más bien, la adoración no correspondida que éste último siente por su ama. Cabe destacar que el personaje de Davo es el único que no posee ninguna datación histórica real dentro del filme y que, pese a erguirse como uno de los roles más importantes de la cinta, se trata de una construcción absolutamente ficticia por parte del guión. Como sea, se hace necesario recordar que nos hayamos frente a una obra que, si bien se encuentra basada en hechos reales, no busca ser un relato fiel de los sucesos históricos, por lo que juzgarla a través de un prisma netamente historicista no es tan sólo un error, sino que además una pereza: si  lo que buscamos es conocer estrictamente de historia, los libros y los documentales sobran.

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Quizás el punto más débil de “Ágora” resida en el intento de Amenábar por englobar muchos núcleos dentro de su obra, con lo que no consigue abarcar ninguno en su totalidad. El sufrimiento de Davo, el amor de Orestes (Óscar Isaac) por su maestra, los conflictos religiosos entre paganos y cristianos (y posteriormente entre estos últimos y los judíos), sumado a las constantes inquietudes e investigaciones astronómicas realizadas por Hipatia, hacen aparecer a “Ágora” como una suma de tramas incompletas, en la que ninguna llega a ser tratada con mayor profundidad. El enamoramiento del esclavo hacia la filósofa, por ejemplo, pasa de ser punto central a suceso menor de manera intermitente, convirtiéndose en ocasiones en un accesorio innecesario que sólo vuelve a cobrar sentido al final de la cinta, cuando emerge de nuevo como elemento vertebral del guión y logra, pese a supeditar el relato histórico a la poesía de la ficción, cautivar con un cierre absolutamente conmovedor.

En resumen, una producción interesante, no sólo para los fanáticos del peplum y de la acción, sino que también para todos aquellos que quieran disfrutar de la belleza de su factura y de lo emocionante de su historia.


EEUU/España, 2009, 126 min.
Título Original: “Ágora”.
Dirección: Alejandro Amenábar.
Guion: Alejandro Amenábar y Mateo Gil.
Reparto: Rachel Weisz, Max Minghella, Ashraf Barhom, Oscar Isaac, Michael Lonsdale, Rupert Evans, Homayoun Ershadi, Richard Durden, Sami Samir.


 





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