CRÍTICA: “Persona” (1966) de Ingmar Bergman, el arte del engaño y construcción de identidad

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No muchos directores han conseguido pasar a los anales de la historia con todo el prestigio y el honor con que ha logrado hacerlo Ingmar Bergman. Respetado como uno de los mejores directores del siglo XX, su gran legado cinematográfico ha llegado a influenciar a cientos de cinéfilos hoy en día, dentro de los que se incluyen, además, connotados directores actuales de la talla de David Lynch o Woody Allen, sólo por nombrar un par. Dentro de este universo bergmaniano de culto, quisiera hacer hoy un comentario acerca de “Persona”, cinta de 1966 que emerge en cualquier lista como una de las imprescindibles a nivel mundial. Catalogada como una de sus más controversiales obras, esta película llegó a situar al sueco como uno de los cineastas con mayor dominio y entendimiento respecto a temas concernientes al comportamiento humano.

“Persona” relata la historia de dos mujeres dispares ligadas producto del destino. Elisabeth Vogler (Liv Ullman) es una prestigiosa actriz de teatro que de un día para otro aparentemente pierde la capacidad del habla, por lo que es internada en un hospital y sometida a los cuidados de la joven enfermera Alma (Bibi Anderson). Con el fin de llevar a cabo dichos cuidados, Elisabeth y Alma se trasladan a una casa en la playa, en la cual, según la doctora encargada del tratamiento de la actriz, podrán encontrarse más a gusto y realizar más adecuadamente esta terapia. Es de este modo que comienza a gestarse entre ellas una relación de amistad marcada fuertemente por la dependencia, que si bien se haya basada en un primer momento en los cuidados propios de una enfermera hacia su paciente, desembocará eventualmente en una inversión de roles que conducirá el lazo entre ambas mujeres a un escenario aún más complejo.

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Ya una vez viviendo juntas y debido al insistente mutismo de Elisabeth, es la enfermera quien toma las riendas de la convivencia doméstica, asumiendo para y desde sí el rol comunicacional. De esta manera, Bergman nos deleita con una seguidilla de escenas en las que podemos ver cómo Alma va descubriéndose frente a su acompañante (aquí el nombre de la protagonista cobra aún más sentido, al volverse tan “transparente” como dicha entidad humana), a medida que le revela sus más íntimos secretos, dolores y creencias, mientras Elisabeth sólo escucha atenta lo que ella tiene que decir. Más adelante, sin embargo, veremos como toda esta entrega parece no ser adecuadamente retribuida, pues de una comprensiva oyente vemos convertirse a Elisabeth en una especie de arpía manipuladora, la que con su deliberada mudez sólo pretende tomar el control de la situación en la que ambas se encuentran, a medida que va absorbiendo el espíritu de su compañera por medio de estas confiadas confesiones. En efecto, la escena en que vemos a la actriz succionando la muñeca de Alma se nos presenta como una clara analogía de esta relación vampírica existente entre ellas; relación de la cual Elisabeth se nutre y hace fuerte por medio de las debilidades de su cuidadora, como si al dejar que su paciente se interne en su vida, Alma acabase por ser poseída.

De forma paralela, la relación entre estas dos mujeres parece, además, poseer características rayanas en lo sexual, algo que puede verse reflejado en las miradas y caricias que a menudo efectúan entre sí y que fomentan la cercanía física que ellas llegan a desarrollar. El momento en que Alma relata a Elisabeth con lujo de detalles su experiencia orgiástica es, sin lugar a dudas, el punto álgido que describe esta tensión sexual existente en la relación de ambas mujeres. El filósofo Slavoj Zizek (en “The Pervert’s Guide to Cinema”, 2006) se refiere a este episodio cinematográfico como uno de los más eróticos de la historia del cine, precisamente por la certera decisión de Bergman de resistirse a introducir un flashback de dicho recuerdo, el cual hubiese arruinado por completo la fantasía existente en el relato de Alma con un efectismo innecesario, además de haber eliminado de golpe el arte del “sugerir”, tan fundamentalmente para el desarrollo imaginario de lo erótico y, por ende, para el relato en cuestión. La magistral actuación de Anderson en dicha escena, además, logra transmitir a la perfección el sentimiento que este osado recuerdo provoca en ella, logrando que podamos percibir fácilmente aquella mezcla de lujuria y vergüenza presentes en Alma, mezcla que se evidencia en cada uno de los sobrecogidos movimientos de su cuerpo.

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Alma admira a Elisabeth tanto por tu status social de actriz como por la belleza que en ella encuentra. Sin embargo, cuando descubre que no todo en esta mujer es como aparenta ser, busca el momento de poder observarla dormida, en un intento de lograr re-conocerla ya, sin el eterno velo tras el cual se esconde ella durante la vigilia, y así poder encontrar en la placidez de su sueño el verdadero rostro detrás de esta personalidad ficticia. “Cuando duermes, tu cara está fláccida. La boca está hinchada y fea. Tienes una desagradable arruga en la frente. Hueles a sueño y lágrimas. Veo latir tu pulso en la garganta. Tienes una cicatriz que siempre tapas con maquillaje”, le espeta Alma, descubriéndola, al fin, verdadera e imperfecta.

“Persona” es una cinta marcada por la problemática constante de la búsqueda y la construcción de identidad. No en vano la etimología de dicho término nos lleva a consignar el título de esta obra como perteneciente al ámbito de lo fingido, al terreno de la “máscara”. Por un lado, Alma se preocupa por no ser fiel en sus actos a lo que suponen sus principios en tanto que, por otro, la profesión de Elisabeth resulta en efecto altamente determinante para el relato, pues, al dedicarse ella a la actuación, nos remite de inmediato al arte del engaño y de la frecuente adopción de identidades diferentes. Bergman, además, recurre a la utilización de claves, tanto en la historia como en la visualidad, que nos revelan el hecho de hallarnos frente a una creación también falsa, ante una película, una obra desprovista de realidad. La confusión que se nos plantea de las identidades de ambas mujeres, con escenas casi oníricas en ocasiones, por ejemplo, sumadas a las imágenes al comienzo de “Persona” (incluido el fotograma de un pene, intentando colarse en nuestro subconsciente) y al quiebre producido una vez ya avanzado el filme (cuando la cinta pareciese cortarse por una falla técnica, mezclándose con extractos de otros rodajes para luego continuar en una siguiente escena), se encuentran inmersas en la cinta para venir a recordarnos el cómo nuestras realidades son constantemente formadas a partir de construcciones preestablecidas y para enrostrarnos también el hecho de que, finalmente, nuestra vida y sus relaciones se hallan supeditadas inevitable y constantemente a la supremacía inmensa del artificio humano.


Suecia, 1966, 81 min.
Título Original: “Persona”.
Director: Ingmar Bergman.
Guión: Ingmar Bergman.
Elenco: Liv Ullmann, Bibi Andersson, Margaretha Krook, Gunnar Björnstrand, Jörgen Lindström.


 





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